Simplemente Anita

Empiezo con un fuerte abrazo para todas las mujeres de “a diario”, en cualquier parte del mundo. Esas que no son célebres pero cimientan la vida cotidianamente, y que forman la gran mayoría de las féminas a escala universal.

Hace muchos años, en la década de los 70, acabada de graduar de periodismo hice varias entrevistas a diversas mujeres porque se celebraba el AÑO INTERNACIONAL DE LA MUJER. Encontré una crónica que hice acerca de una centenaria que vivía en Campo Florida, en Ciudad de La Habana. Por supuesto ya esta mujer no debe existir, sin embargo para mí es inolvidable.

El título era nada más que su nombre: Anita.

Anita es como los árboles que marcan en el tronco sus años. Así como ellos, su piel está marcada por las grietas dadas por el mucho tiempo de vivir.
En Campo Florido, sus conocidos le calculan cerca de 110 años. Sus hijos septuagenarios casi todos dicen que cuando comenzó la guerra de independencia, ella tenía 25 años. Y las cuentas dan más de 105.

Detrás de cada pliegue de su cuerpo se esconde una historia. Historia de lucha anticolonial. En 1895, Anita vivía en Cabañas, Pinar del Río, de donde es oriunda. Tenía esposo, 4 hijos, 8 hermanos y su madre.

Un día, aparentemente tranquilo, se presentan en su bohío las fuerzas españolas. Su tía tendía la ropa recién lavada. Con la misma soga que utilizaba para tender la ahorcaron.

Después, Anita, su esposo, 4 hijos, 8 hermanos y su madre salieron para el monte. En el lugar conocido por el Rubí, perteneciente a Cabañas, se hicieron mambises. Se fueron sucediendo los días guerrilleros. Y la familia comenzó a extinguirse. Primero la madre, 3 hermanos y un hijo, que nada más tenía 8 años.

Las manos de Anita, en aquellos tiempos tersas, sirvieron para sepultar a su madre, hermanos, hijo. En el Rubí quedaron los restos.

Más tarde, también, cayeron el esposo, los otros hermanos, otros hijos. Ella, con el menor herido de bala en una pierna, hecha prisionera y reconcentrados en la Jacoba.

Allí, la falta de atención médica ayudó a la muerte de su pequeño. Anita quedó sola. Tristemente sola.

La guerra concluyó. La vida seguía caminando, con su paso a veces rápido, otros lentos. Y Anita en ella. Volvió a casarse. Tuvo 9 hijos esta vez.

Anita se sienta en el portal de su bohío en Campo Florido, vestida de blanco como tradicionalmente acostumbraba. Su mano la lleva al rostro en ese ademán genuino de recordación. Donde ya muchos tramos de existencia se van olvidando. Donde ya las fuerzas se van extinguiendo. Donde, como dijera martí: Los años pasan como el arado, rompiendo la frente.

Anita es, un recuerdo de la mujer aquella, de la mambisa de todos los mundos, de todas las épocas.

Queda quieta, en un dulce estupor, la mujer aquella, la historia aquella.

Ahora pasados más de 30 años en que escribí este relato, Anita es un símbolo de cómo la mujer va desandando en su vida, siempre luchando por un mundo mejor, por una familia mejor y por un ser humano mejor. Les deseo a todas las Mujeres del mundo un momento de felicidad extenso.
manos-anciano

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3 comentarios sobre “Simplemente Anita

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