Desde La Habana: Confesiones de la nieta de Winston Churchill

Hace 10 años la nieta del famoso premier inglés, durante la II guerra Mundial, Sir Winston Churchill, visitó Cuba, al conmemorarse los 70 años de uno de los hoteles más emblemáticos de la capital cubana: El Nacional.

En diciembre pasado, llegó a sus 80 años el hospedaje y retomamos aquella entrevista a Cecilia Sandys y los recuerdos del abuelo.

Alta, delgada y elegante. Lleva con soltura un traje rojo y negro con chalina que le hace lucir con distinción sus más de cinco décadas.

Cabellos entre el rubio y el rojo. Pausada y con la flema inglesa como rasgo distintivo. Se llama Cecilia Sandys. Ni apellido ni físico nos dan la cercanía sanguínea que tiene con el desaparecido Sir Winston Churchill, su abuelo, quien fuera Primer ministro del Reino Unido cuando la segunda conflagración planetaria.

Desde el Londres de sus antepasados llegó a La Habana como invitada a los festejos por el onomástico 70 del Hotel Nacional de Cuba, en el cual se hospedara su famoso abuelo durante la primera semana de febrero de 1946.

Ahora su descendiente vuelve para ocupar la misma habitación que recibiera otrora al notable político y también, a rememorar pasajes de su paso por la Isla.

Por muchas cosas se puede recordar a Churchill: su papel como estadista de Inglaterra durante la primera mitad del siglo y su actuar en el último conflicto bélico mundial. Sin embargo, en lo personal, las cosas que le dieron un sello particular para el recuerdo fueron su figura gruesa, con sombrero, sobretodo y una media sonrisa acompañada del inseparable habano entre sus labios. Así aparece en buena parte de sus fotos más divulgadas.

“Mi abuelo fue un gran amante de los puros de esta Isla-rememora Sandys-. Cuando era una niña, iba a las tabaquerías a seleccionar sus regalos de cumpleaños y siempre sabía cuales escoger: los cubanos.

“Conmigo sobre sus piernas se los fumaba. Crecí oliendo siempre el aroma del habano, por eso cuando pienso en mi abuelo viene a mi mente su inseparable tabaco, y aquel su decir de “llevo a Cuba siempre en mis labios”.

Un escultor nacional, Janio Núñez Leal, dedicado a esculpir figuras en hojas de tabaco, le dedicó una de sus obras de gran formato y que fue exhibida en el hotel. Original forma de arte que hizo a Sandys decirnos que, “con el gran sentido del humor que caracterizaba a Churchill, estaba segura de lo satisfecho que se sentiría con la idea de quedar esculpido en una estatua de tabaco en rama, particularmente si era cubano”.

Otro objetivo acompaña a Cecilia Sandys en su viaje: ir tras las huellas de su abuelo en nuestra nación, para terminar de conformar su tercer libro sobre los viajes de éste.

Y es que, en épocas tan lejanas como 1895, un mozo inglés, totalmente desconocido llegó por tres semanas a La Habana como reportero de un diario británico, para cubrir la guerra de independencia nacional. Eran Winston Churchill.

Varios recuerdos llevó consigo de esa estancia: cumplió 21 años aquí; durante sus faenas periodísticas como corresponsal de guerra fue herido de bala, al parecer por el oriente del país; y por último el más inolvidable, el “flechazo” de amor incontenible por el puro cubano.

Cecilia busca los lugares que él visitó, las cosas que hizo en Cuba, y además, rastrea por algunas pinturas- una de sus aficiones- dejadas por el estadista aquí, y cuyo paradero se desconoce.

“Quiero llevarme, apuntaba la nieta, la imagen de la Cuba actual y confrontarla con los dibujos que llevó consigo a su regreso y que yo conservo. Es una manera de conocer los cambios ocurridos en estos cien años en la Isla.

Cuando aquel que fuera reportero en su juventud regresó a La Habana en febrero del 1946, ya tenía connotación internacional, como gobernantes, aunque había cesado para ese momento en su cargo como premier. Churchill se encontraba en Miami, Estados Unidos, y decidió seguir hasta La Habana, escogiendo como hospedaje al Hotel Nacional.

De este momento su nieta trajo de obsequio la fotocopia del original de una carta que escribiera el político desde la antigua hospedería y una foto, de las preferidas de Cecilia, en la cual el estadista fumaba un habano y que pasarán a engrosar los archivos históricos de la edificación inaugurada en 1930.

La otra faz de la historia del político, la más íntima guardada con celo por su nieta, es aquella tierna imagen del hombre que envejecía mientras ella crecía: “lo recuerdo muy claro, porque yo tenía 21 años cuando falleció. No olvido sus trajines como estadista, en especial durante su segunda etapa, que por mi edad ya comprendía. Pero más aún lo tengo presente como el anciano querido que yo acompañaba en sus viajes”.

Churchill en 1895

Churchill en 1895

Churchill en 1895

Churchill en 1895

Churchill en 1895

Churchill en 1895

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