Vivir para contarlo

SEGUNDA PARTE

Girón: Un miliciano en 1961

Por: Ramón González Suco

Han pasado ya 50 años, soy un veterano y no me avergüenza reconocerlo, me acompaña una familia cubana y guardo los recuerdos de mis parientes y mis amigos de colegio que emigraron. Me inquieta la posibilidad de desfilar en la Plaza de la Revolución medio siglo después. Ahora, que el orgullo lo sientan mis nietos y sus compañeritos de aula.
Mis hijos aun no conocen estos relatos, pero el hecho de saber que la trinchera que, hace 50 años en Playa Larga, excave y me protegió ahora no existe, me desvela y me impulsa a desempolvar recuerdos. Necesito revelarlos con humildad para poder desfilar más ligero junto a los veteranos de esa gesta. Por eso me decido a escribir estas líneas de cosas que ya tienen medio siglo de sucedidas.
Fui de los primeros milicianos de mi Ciudad natal de Cienfuegos. Aún no se había definido el uniforme de las milicias y el pelotón de trabajadores eléctricos utilizó un pantalón de mecánicos, hoy pitusa, y una camisa gris como las que usaban los chóferes de ómnibus y coronando el uniforme una boina negra.
Aunque pobre, mi presencia en un colegio religioso me nutrió del concepto de justicia social y de que la verdadera posición era al lado de los humildes. A los doce años dejé de ser un católico de confesión y comunión aunque terminé allí mis estudios de Bachillerato en 1956 con 17 años de edad.
Yo era hijo de empleado fallecido de la Compañía Cubana de Electricidad y por ende tenía derecho a entrar, previo examen, a dicha Compañía a los 18 años, lo que en aquel entonces era una magnífica herencia. Mi madre hipoteca la casa y parto para la de una madrina en La Habana y matriculo Ingeniería Eléctrica. Llevo una vida austera y difícil hasta que se produce el desembarco del Granma y se suspenden las clases. Todo esto difícil de imaginar para las actuales generaciones que todo lo tienen. En 1957 empiezo a trabajar de office boy en la Compañía Cubana de Electricidad. Allí busco la correspondencia al correo, atiendo mendigos los miércoles que venían a buscar limosnas del Director y veía la saña conque eran perseguidos los combatientes de la gesta del 5 de Septiembre. La vida me daría la oportunidad, gracias a la Revolución, de sentarme en 1983 como Director de esa Empresa en la misma silla que ocupaba ese Señor.
Ya triunfante la Revolución empiezo a oír a Fidel y veo que su doctrina colmaba mis esperanzas de justicia e igualdad. Se recibió el llamado a integrar las milicias lo que contó con todo mi entusiasmo. En mi casa soy visitado por antiguos compañeros de Colegio quienes me invitan a visitar el local de los Caballeros de Colón donde según ellos se reunían la gente decente para jugar ajedrez y oír conferencias religiosas. Les explicó que voy a ingresar en las Milicias y me dicen que tengo que decidir pues las dos cosas no pueden estar juntas. La respuesta a aquella encrucijada fue la de estar al lado de los revolucionarios, oportuna decisión pues pocos meses después se operaba contra ese local por conspirar y propiciar alzamientos contrarrevolucionarios.
Las prácticas se hacían en el Distrito Naval del Sur, Cayo Loco, escenario del Alzamiento de la Marina el 5 de Septiembre de 1957. Viejos marinos y nuevos Infantes de Marina nos adiestraban en marchas, manejo de armas y alguna que otra charla. Como adelanto a nuestra línea internacionalista se nos hizo una noche abordar una fragata de guerra que estaba anclada en dicho Distrito, indicándonos que íbamos a combatir a otro País, cosa que por nueva alarmó a algunos pero que para mí fue totalmente aceptada. Era una prueba a la joven tropa.
A finales del año 1960 y en los primeros días del 1961 soy movilizado para la Ciénaga de Zapata. El Gobierno guerrerista de Eisenhower, general de Corea y otras guerras de rapiña, daba luz verde a que se formara un ejército de mercenarios y apátridas que soñaban con volver a recuperar sus propiedades en Cuba, ya en poder y en servicio del Pueblo Cubano. En la fecha anteriormente señalada se hace el traspaso de Eisenhower para Kennedy y algo podía pasar en la entrega de un guerrerista a otro supuestamente más moderado.
En ese escenario, donde se desarrollaba un edificio para un Balneario, Playa Larga, pasamos más de veinte días donde hicimos trincheras en toda la playa y en un saliente a un extremo de la playa en la roca llamada diente de perro. Allí recibimos la visita de un periodista llamado José Luís Padrón y un fotógrafo de apellido Calderín del Periódico Revolución. Aprendimos a manejar una microondas Motorola que comunicaba al contingente de la obra en construcción con el Central Australia.
Muy lejos estábamos de imaginarnos que por allí meses después se les daría a los invasores el bautismo de plomo que se merecían y que esa microonda indicaría al resto del País que estábamos siendo invadidos.
Entre Enero y Abril de 1961 nos movilizaban para el Escambray. El lomerío se había convertido en nido de gusanos que se alimentaban de la pudrición de la traición. Decenas de miles de milicianos en su búsqueda. Cercos, trincheras, guardias, noticias ciertas o falsas de milicianos torturados y ahorcados con alambre de púas. Pegado a mi fusil FAL y en horas de la madrugada, viendo el resplandor de mi ciudad de Cienfuegos, pensaba en las comodidades de la casa, en lo pesado de dormir en hamacas y comer comidas mal confeccionadas por la cantidad de comensales y la calidad de improvisados cocineros. La idea de un helado me estrujaba las entrañas. Lo que nos enseñaba Fidel de que lo primero era la Patria consolidaba mis jóvenes convicciones. En el pulseo de la comodidad y el deber triunfaba este último. Una modesta barba y pelo largo acompañaba a los collares de pojas y santajuanas. Fuertes tiroteos a lo largo del cerco nos habituaban al sonido de los disparos y a la idea de que podíamos caer.
Tres largos meses con las montañas como única compañía. La Revolución avanzaba, el enemigo rabiaba.
Desmovilizados entregábamos con dolor quien había sido nuestro compañero inseparable durante tanto tiempo, nuestro fusil belga FAL en el Campamento La Campana en Manicaragua. Nuestras barbas no desaparecían. Algo nos decía que aquello continuaba. Ya de vuelta en nuestro trabajo de Oficinista en la Empresa de Electricidad nos enteramos de que estaban movilizando milicianos para el Aeropuerto. Me despido de mi madre que aunque algo acostumbrada no dejaba de sufrir mis ausencias y hacia allá nos dirigimos sin esperar una citación que llegó poco después. Se organizaba un Batallón con un nombre que pasaría a la Historia como símbolo de Resistencia, El Batallón 339 de Cienfuegos.
Nuevas armas, inferiores en poder de fuego a las del Escambray, nos entregaban. Soy nombrado Jefe de un Pelotón con varias metralletas con 90 tiros cada una, fusiles M52 de bayoneta plegable con la misma cantidad de balas por arma, y una ametralladora BZ de trípode, nueva para nosotros, con 200 balas.
Ya en los camiones la pregunta de hacia dónde íbamos. Un giro de ellos hacia la izquierda en la carretera de Caunao nos indicaba que no íbamos para el conocido Escambray y empezaron las conjeturas de que si íbamos a pasar un curso, cosa ésta que no me parecía lógica por el armamento entregado. El paso por la carretera de Rodas nos adentraba en una zona de bandidos criminales, escurridizos y escondidos bajo tierra que operaban entre Cartagena y la Provincia de Matanzas. El nombre de Pancho Jutía, famoso por sus crímenes de familias completas, nos hacía pensar que sería nuestro objetivo. Pasamos por el pueblo de Colón que dormía y sólo algunos milicianos de guardia y un que otro borracho desvelado veía pasar esa larga caravana de camiones con siluetas de hombres armados y casi todos dormidos en sus improvisados asientos.
Y llegamos a Jagüey Grande y doblamos hacia el Sur y ya amaneciendo vimos a un Central Azucarero con el nombre de una tierra lejana y llena de canguros, Australia. Allí paramos.
CENTRAL AUSTRALIA
Más de 500 hombres nos albergamos en la casa de la Administración del Central. Dormíamos en el suelo porque allí dentro no había donde colocar las hamacas. Largas colas para poder comer en la única cocina de mala calidad. Allí conocimos a nuestros Jefes de las FAR. El Jefe era el Capitán Ramón Cordero Reyes, conocido por el Tunero con amplia participación en el atentado a Fermín Cowley cuando la Insurrección en la Provincia de Holguín. El Segundo al mando un negro alto y sencillo como las palmas, el Sargento Julián Morejón, todo valor y simpatía con quien era muy fácil entenderse. Allí coincidíamos con viejos conocidos como Plácido Roque, Pupi, nuestro Jefe de Compañía, Carlos Clemente conocido por Oriente, con el Rastrero, García el Optometrista y otros a quienes no olvido.
En el Central se organizaron postas para cachear los carros que pasaban hacia la Ciénaga y se preparó una plataforma en el techo del Central para instalar una ametralladora supuestamente antiaérea. Sólo llegar a subir a dicha plataforma era un acto de acrobacia y de inseguridad que no todos podían alcanzar y por suerte no pasó ninguna nave aérea hostil.
De motus propio organicé algunas prácticas de marcha con mi pelotón sobre todo para hacer algo y salir del aburrimiento. En estas marchas se me ofrece para dirigir el pelotón un compañero llamado José Luís Chaviano, zapatero del poblado de Caonao cercano a Cienfuegos. Estas situaciones hermanan a los hombres y se hace mi hermano. Conversamos y me cuenta que su novia le espera para casarse después de esta movilización. Poco podríamos imaginar que días después y al mando de ese pelotón fuera decapitado limpiamente por una bala calibre 50 de un pájaro de muerte a quien saludaba parado en la carretera creyéndolo amigo por las falsas insignias que mostraba.
PLAYA LARGA
Por haber estado en Diciembre en ese escenario se me informa que partiera con 4 hombres para Playa Larga para hacerme cargo de un Puesto de Observación y que mi misión era informar por la ya antes citada microondas las incidencias que ocurrieran. Escojo a Israel Hernández, carpintero, a Rafael Aramillo, soldador, a Quintana, joven pichón de isleño y a Ricardo García Garriga, optometrista que a principios de la Revolución entregó su óptica y se vistió de miliciano y a quien había visto en todas las movilizaciones. García sería nuestro cocinero.
Partíamos los cinco conducidos en un pequeño jeep con las armas, mochilas y enseres de cocina. Pasamos por la entrada de la Laguna del Tesoro llamada Guamá y llegamos a la Playa donde nos alojamos en una facilidad temporal donde estaban las vistas de cómo quedaría el balneario que se construía. El paisaje era maravilloso, una larga Playa de las mejores de la costa sur de Cuba y al frente la Bahía de Cochinos, amplia bahía de bolsa. A nuestras espaldas la carretera y la enmarañada vegetación de la Ciénaga llena de fábulas y de bandas de alzados que constituían en ese momento nuestra mayor preocupación.
LA MICROONDAS
La microondas Motorola era de los constructores para comunicarse con el Central Australia pero nos fue entregada por el Jefe de aquella fuerza constructora porque entre otras cosas les comenzaba un largo pase para ir a sus casas y una gran cantidad eran de la Ciudad de Matanzas, de la Habana y otros pueblos cercanos. Se nos recomendó que la usáramos cada media hora pues la Plantica Eléctrica que alimentaba la obra estaba en mal estado con grandes fluctuaciones de voltaje impropio para ese equipo. Así lo hicimos y en esos intervalos de tiempo llamábamos a Australia: Playa Larga llamando a Australia….. Adelante Playa Larga aquí Australia…. Para decir que hace falta nos manden tal cosa. Por lo demás todo OK…OK.
Organizamos guardias para la micro y la guardia de cuatro horas cada una y preparamos una libreta escolar para anotar los partes. Del lado de Australia se había organizado algo parecido.

CONTINUARÁ…

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