El editorial más corto del mundo

El periodismo en Girón (9)
El editorial más corto del mundo

Tubal Páez

De Eduardo García Delgado, el joven que murió víctima del bombardeo aéreo a Ciudad Libertad el 15 de abril de 1961, se ha escrito mucho. Realmente no lo suficiente, como también se podría decir de la vida de cada uno de los caídos allí y durante los combates los días 17, 18 y 19 para enfrentar y derrotar la brigada mercenaria que desembarcó por Bahía de Cochinos, al sur de la provincia de la antigua provincia cubana de Las Villas.

García Delgado, sintiendo que la sangre le brotaba incontenible de las heridas de su cuello y de un brazo destrozado, mojó un dedo de la mano que podía utilizar y antes de morir escribió en una pared de madera una sola palabra: “Fidel”.

Su última decisión ha inspirado a poetas y cronistas, y los periodistas solemos decir que fue el editorial más corto del mundo. Apremiado por el cierre, en este caso del fin de su vida, quiso decir muchas cosas, como las que brotaban de su conciencia de familia humilde; quería expresar la justicia de la obra revolucionaria que devolvía la dignidad a un pueblo marginado y humillado; deseaba expresar su apoyo a la Reforma Agraria, a la Campaña de Alfabetización, a la defensa de la Patria agredida.

No le quedaba tiempo, y a sus compañeros de armas debía exhortarlos a sobreponerse al golpe artero y derrotar al agresor. Se le escapaba la vida y por su mente pasaban muchas ideas que sentía el deber de expresar, a sus amigos, a su familia, a su pueblo, al mundo.

Quería exponer, enjuiciar, valorar, apuntar, llamar…; pero la voz se le iba, y concluyó que todo eso y mucho más podía sintetizarse en el nombre de una persona muy respetada, amada y admirada por él, un hombre del pueblo, que se sentía por primera vez tratado como un ser humano en un futuro de justicia que se abría ante sus ojos y lo hacía protagonista de una epopeya histórica.

El corazón se le apagaba, el mismo que se aceleró cuando un día coincidió de manera inesperada con el héroe de la Sierra Maestra en un elevador del Instituto Nacional de Reforma Agraria y volvería a verlo poco después en la Universidad de La Habana, cuando el jefe de la Revolución conversó allí con un grupo de jóvenes para pedirles que se hicieran artilleros antiaéreos.

El mismo líder, casi tan joven como él, que oía en los actos hablar de otra forma, sin promesas demagógicas, desafiando al Gigante de las Siete Leguas, diciendo las cosas que durante medio siglo los pobres esperaban escuchar, tras medio siglo de engaños, politiquería y renuncia al ideario martiano.

Eduardo vivió con pasión la ola de patriotismo que envolvió a todo el pueblo tras la derrota de la tiranía de Batista y la aplicación de las leyes de beneficio popular. No fue un fanático ciego. Siempre tuvo plena conciencia de la conducta a seguir. Era instruido, leía y estudiaba mucho, por lo que explicaba a sus compañeros las razones de las cosas para que las entendieran mejor, por eso fue seleccionado para cursar una escuela de instructores políticos.

No dejaba de asistir a ninguna reunión o encuentro masivo, y sobre ese proceder suyo escribió a una amiga: “Si mi presencia vale de algo, para que el mundo comprensa nuestra Revolución, siempre estaré haciendo acto de presencia en todos los actos en respaldo de esta bella y digna Revolución de Fidel Castro, glorioso cubano al cual queremos todos los cubanos y cubanas. (…) Por esta Revolución doy mi vida si es preciso.”
Al utilizar la tinta de su propia vida, dio a la palabra, además de todo el significado que tenía para él, el dramatismo de su apelación a defender los principios hasta la última gota de sangre. Aquél gesto colocó a Eduardo entre los grandes soldados de la historia de la humanidad.

(Cubaperiodistas.cu)

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