Lo que sucedió después de publicarse Extraña Desconexión

Precisamente un comentario que me dejaron en el tema sobre la prensa cubana mencionaban el artículo “Extraña desconexión”, de una estudiante de la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Habana, publicado en el periódico Juventud Rebelde.
A todas luces el artículo ha sido muy llamativo e interesante, y reproduzco otro comentario de una de las autoras, ya que fue escrito por un equipo de estudiantes de la Facultad de Comunicación.

El domingo 9 de octubre, Juventud Rebelde publicó Extraña desconexión,
un reportaje realizado por estudiantes de la Facultad de Comunicación
sobre las problemáticas asociadas al uso de las nuevas tecnologías en
las universidades. Lo menos que imaginaron fue que aquel material les
depararía una de las grandes sorpresas de sus vidas

Autores: (Luisa María González, Nadia Herrera, Ibis Frade, Héctor
González, Ana Lidia García

(21 de octubre de 2011)

Jóvenes cubanos En los últimos días, algunos amigos se han molestado
conmigo porque supieron por terceras personas algo que, según dicen,
debí decirles yo misma. Probablemente tengan razón. He tratado de
explicarles mi actitud con palabras como discreción, falta de tiempo,
etcétera. Pero la verdad es que he preferido quedarme callada porque
cuando hago el cuento, me parece que van a pensar que estoy bromeando…

El domingo 9 de octubre, Juventud Rebelde publicó Extraña desconexión,
un reportaje realizado por un equipo de estudiantes de la Facultad de
Comunicación, del cual formo parte, que trató las problemáticas
asociadas al uso de las nuevas tecnologías en las universidades. Al
día siguiente me sorprendió una llamada inesperada.

—Buenas tardes, ¿es Luisa María?

—Sí.

—Un momento que le van a hablar.

—…

—Luisa, te habla Fidel.

Esas cuatro palabras me dejaron petrificada. ¿Del otro lado de la
línea estaba Fidel? ¡Fidel! No podía ser cierto. Mi mente no logró
retener con exactitud lo que sucedió en los minutos siguientes. Sí
recuerdo cuando me dijo que su llamada se debía al reportaje Extraña
desconexión: “Me pareció muy bueno, muy crítico, sobre todo porque son
capaces de criticarse a ustedes mismos, los estudiantes”.

En los primeros momentos de la conversación, enfatizó acerca de su
interés por el problema planteado en el trabajo periodístico, es
decir, en la situación tecnológica de las universidades y las
necesidades estudiantiles. Comentó acerca de las nuevas tecnologías de
la información y las comunicaciones en la sociedad contemporánea y
recordó los esfuerzos realizados en el país desde hace varias décadas
para, a pesar de las difíciles condiciones, no quedar rezagado con
respecto a los adelantos del mundo.

Sin embargo, me dijo Fidel, sabemos que lamentablemente el estado de
muchos centros de Educación Superior no es el mejor, “por eso yo
quiero que tú me cuentes cuál es la situación, quiero escucharte, y
que me digas cómo ves las cosas desde tu posición de estudiante.
Vamos, tienes la palabra”.

¿Qué decir? De las mil ideas que atacaban mi mente, ¿por dónde
empezar? Tres o cuatro segundos de silencio me delataron, así que del
otro lado de la línea, un caballero me dijo: “Arriba, no te pongas
nerviosa, dime lo primero que se te ocurra”.

Comencé, ¿por donde más iba a hacerlo?, por el inicio.

“Mire Comandante, la situación tecnológica de las universidades no es
la mejor. En estos momentos hay muy pocas computadoras para la demanda
de uso que tienen. Los estudiantes tenemos una gran cantidad de
actividades docentes que requieren el uso de ordenadores. Además, los
que hay son bastante obsoletos y suelen descomponerse con frecuencia”.

Enseguida me interrumpió, como haría en innumerables ocasiones, para
preguntar: “¿Cuántos estudiantes hay en el país? ¿Cuántas computadoras
hay? ¿Qué cosas hacen ustedes en las computadoras con más
frecuencia?”.

Eran torbellinos de interrogantes. Me preguntó acerca de los costos de
las computadoras, de los dispositivos adicionales como impresoras y
escáneres, de la calidad del equipamiento actual, entre otras
cuestiones relacionadas. Así que dialogamos sobre gigabytes, memorias
ram, discos duros, microprocesadores, en fin.

En algún momento del intercambio, el Comandante comentó la importancia
de las tecnologías para mantenerse informado acerca del acontecer
internacional. Creo que esa es una de sus obsesiones más recientes.

“La gente no puede vivir sin saber lo que está pasando en el mundo.
¿Tú crees que es posible vivir tranquilo sin saber de los desastres
que están ocurriendo por todo el planeta: la guerra en Libia, las
grandes huelgas. Y no tenemos ningún espacio en televisión que se
dedique a hablar de estas cosas. Está la sección Hilo Directo, de
Granma. Te voy a leer lo que publicaron hoy”.

Leyó todos los titulares de ese día, lunes 10 de octubre, y enseguida
inquirió: “¿Te parece que con eso sea suficiente? No, ¿verdad? El
pueblo necesita saber mucho más”.

Hablamos mucho sobre la situación internacional, la cual le preocupa,
hasta que regresamos al tema inicial. Me preguntó por mis compañeros:

—Mañana, sobre esa hora, ¿estarán todos reunidos?, es que me gustaría
hablar con todos.

—Sí, Comandante, mañana estaremos juntos todo el día.

—Bueno, entonces hablaremos mañana. Muchas gracias por el tiempo.

—Gracias a usted por haber llamado.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Al día siguiente, martes 11 de octubre, a las tres de la tarde,
estábamos todos en la sala de mi casa. No podíamos descifrar qué había
querido decir Fidel con «sobre esta hora», si a la que habíamos
comenzado a hablar, las cuatro y treinta de la tarde, o a la de la
despedida, las seis. Creo que no es necesario apuntar que cada vez que
el teléfono sonaba, todos pegábamos un brinco y se hacía un silencio
sepulcral.

Los minutos pasaban lentos… y pasaban. Sobre las seis menos diez,
empezábamos a inquietarnos y a dudar si finalmente llamaría.

A las seis en punto: Riiiiiiinnnnggggg.

Era él, otra vez. Por mi cara, mis amigos entendieron que por fin
había llegado la llamada. Muy familiar, Fidel me preguntó qué noticias
le tenía. Le dije que todos estábamos ahí, listos para conversar y que
ya estaban al tanto de nuestro intercambio del día anterior. Además,
le comenté sobre nuevas informaciones que habíamos recopilado.

Él también había averiguado muchas cosas nuevas, y me las fue
explicando una a una: dialogamos sobre los costos de las computadoras,
de por qué es mejor usar para laboratorios ordenadores de escritorio y
no portátiles.

Y entre una cosa y otra, no sé cómo, llegamos al tema de la agricultura.

—Sabes —contó— en estos días he estado reuniendo información sobre
cultivos de gran valor económico, que pueden influir en los niveles de
alimentación y de salud de nuestro pueblo.

Habló con detalle sobre la situación agrícola del país y del mundo.

Yo lo escuchaba y me parecía estar oyendo a un experto en
problemáticas actuales de esa actividad. Una vez más quedé pasmada,
definitivamente Fidel se las sabe todas. Todavía no he conseguido
asimilar la experiencia de esos días, probablemente jamás logre
hacerlo.

Cuando terminaron nuestras conversaciones, yo me recordé niña,
pionerita. En aquellos días en que la vida parece una aventura, tuve
el privilegio de asistir al tercer Congreso Pioneril que se celebró en
el 2001. En la plenaria, el Comandante estuvo todo el día con
nosotros, escuchando atentamente lo que decíamos unos niños que apenas
comenzábamos a vivir. Pronunció un formidable discurso, de aquellos a
los que nos tenía acostumbrados. Nunca he olvidado los instantes
finales: sus ojos felices de padre orgulloso, su mano firme diciendo
adiós, y aquella sonrisa radiante. Yo quedé con lágrimas en lo ojos y
miedo de que aquella fuera la última vez. Pero no. ¡La vida tiene cada
sorpresas…!

Quería saberlo todo. Hasta el más mínimo detalle

Para cualquier joven cubano, conversar con el Comandante en Jefe Fidel
Castro, además de un honor, significa una inmensa alegría; sobre todo
cuando el motivo de la conversación resulta un tema de alta
sensibilidad para los estudiantes universitarios, como la importancia
de las nuevas tecnologías en nuestra formación y las posibilidades
que, en un país subdesarrollado como Cuba, tenemos de utilizarlas en
toda la magnitud necesaria.

Si a esto le agregamos la relevancia de que una personalidad de
reconocimiento internacional como Fidel se interese por un aspecto de
la sociedad con el cual, por cuestiones generacionales, no ha estado
demasiado vinculado, pues el hecho gana singularidad. Ese mundo de
gigas, bytes, redes, software y hardware que, para los llamados
nativos digitales forma parte de la vida cotidiana, resulta un aspecto
novedoso para quienes como él crecieron y se formaron entre grandes
enciclopedias, libros y máquinas de escribir.

Escucharlo fue como tenerlo enfrente y, aunque pueda parecer extraño,
sentí que habíamos hablado muchas veces. Todavía ahora parece
increíble que me haya llamado por mi nombre, Ana Lidia, que me
causaran risas sus ocurrencias y que conversáramos de temas cotidianos
que enfrenta el pueblo cubano y en particular las nuevas generaciones.
Quería saberlo todo. Hasta el más mínimo detalle.

¿Cómo aprovechamos los recursos disponibles, cómo hacemos nuestros
trabajos de clases y para qué utilizamos Internet? Una ráfaga de
preguntas. Apenas alcanzamos a responder. En ese momento recordé las
muchas veces que en la televisión había visto a Fidel preguntando y
preguntando. Nunca imaginé que algún día estaría en esa posición.
Pero, a pesar de la tensión, logramos transmitirle nuestras
preocupaciones más inmediatas, las reales carencias y las vicisitudes
que enfrentamos para formarnos como profesionales a la altura de un
mundo cada vez más digital.

También conversamos acerca de los intereses laborales de los
estudiantes cubanos de Periodismo y hasta se asombró por la frecuencia
con la que nos reunimos para trabajar en equipo, a pesar de vivir en
puntos muy distantes de La Habana. “¡Oye La Lisa, Alamar, Párraga y el
Vedado son zonas bien lejos entre sí!”.

De repente cambió de tema: le preocupa la insuficiente información que
en cuanto a política internacional tiene el pueblo cubano. Por ello
indagó acerca del impacto y la utilidad de programas como Dossier,
conducido por el periodista venezolano Walter Martínez, y otros
incluidos en la selección de la programación del canal Telesur que
diariamente se transmite en la televisión nacional.

Luego comentó la necesidad de abordar en la prensa temas actuales de
vital importancia como la agricultura. Fue entonces cuando se refirió
a las investigaciones de nuestros científicos para buscar alternativas
de alimentación en consonancia con la situación medioambiental y las
condiciones económicas de Cuba.

Curioso hasta el final, agudo como siempre en sus comentarios.

Con la visión de futuro que siempre lo ha caracterizado, una vez más
Fidel se interesó por asuntos de carácter nacional e internacional y
por las necesidades más cotidianas de quienes, día a día, asisten a
las aulas universitarias para formarse como profesionales cubanos.

De la Loma de la Cruz hasta F y 3ra

¡Tremendo notición! Cuando el martes 11 de octubre salí para la
Facultad, jamás imaginé que viviríamos semejante historia. Ni en
sueños lo esperábamos.

Estábamos ansiosos por terminar las clases. Teníamos que llegar lo
antes posible a la casa de Luisa, la parada de 23 y F estaba repleta y
no había ni un atisbo de que la situación cambiara pronto, así que a
dividirnos… Ibis y Anita en botella, Luisi esperaría algo, mientras
que Héctor y yo decidimos llegar por nuestros propios pies (de 23 y F
hasta ¡15 y 24!).

A las seis llamó. Ya era imposible no creerlo, del otro lado del
auricular ¡estaba Fidel, nuestro Comandante!, compartiendo ideas con
nosotros, un equipo de periodistas novatos, aún estudiantes.

Llegó mi turno y durante los primeros minutos de la conversación,
creía que no podía sostener el diálogo, pero la cálida voz resultó
demasiado familiar y me sentí tan cómoda que hubiera estirado el
tiempo más que un elástico. Él, por su parte, también se encontraba a
gusto: “Siento mucha alegría por poder conversar con estudiantes de
quinto año que casi culminan su carrera y comienzan su vida
profesional como periodistas”.

Quizá por ello la ocasión fue propicia para que, durante la charla
telefónica, abordáramos temáticas muy variadas de carácter nacional e
internacional, aunque también hubo un aparte para asuntos personales:

—¿Y tú, Nadia, de dónde eres?

—De Holguín, Comandante.

—Pero, de qué parte?

—Del centro de la ciudad, cerca del parque San José.

—Ahí hace poco hubo un evento importante de danza.

Percibo que le concede vital importancia al hecho de estar bien
informados. En ese sentido, él no se circunscribe solamente a los
noticiarios y los grandes medios de comunicación masiva, sino que
aprovecha toda posible fuente de información a su alcance.

Pregunta, comenta, sugiere, emite juicios de valor y es capaz de
centrar el interés en lugares distantes, sin perder por ello el más
mínimo detalle. En ese afán, como coterráneos ausentes, nos remitimos
a un símbolo de nuestra ciudad: la Loma de la Cruz.

Una vez situados en el escenario, las interrogantes no cesan:

«¿En cuántas ocasiones has subido? ¿Cuándo fue la última vez?

¿Cuánto tiempo te demoras en llegar a la cima?» Incluso no deja de
lado aspectos muy puntuales y aguza los sentidos en un intento de
aproximarse a la respuesta. «Es una loma alta, ¿cuántos escalones
tiene? Deben ser alrededor de 500…».

Luego se interesa por el lugar donde vivo actualmente, la residencia
estudiantil Lázaro Cuevas, ubicada en F y 3ra. en el Vedado. Entonces
intenta ubicarse, alude a lugares de referencia y calcula distancias.
Según las direcciones, se coloca en el lugar de los estudiantes y
diseña un posible recorrido hasta la Facultad. Me sugiere que esa
caminata sería como hacer ejercicios. Sin embargo, su tono demuestra
reproche cuando le explico que la mayoría de los becados toma el P2
para llegar a la Universidad, a solo unas cuadras de distancia.

Por lo cual, en otro momento de la conversación me hace una propuesta
que nos remonta al inicio: «Si caminas de la beca a la Universidad y
luego subes la Colina es casi como si hubieras ascendido la Loma de la
Cruz».

—Comandante, yo creo que no tengo que ir tan lejos porque todos los
días subo las escaleras de la beca.

—¿Y en qué piso tú vives?

—En el 13

—Pues alégrate porque los que están en el piso dos no hacen ejercicios.

Reímos. Desde entonces cada vez que subo las escaleras de la beca
recuerdo sus palabras, y en mi rostro aparece una sonrisa como la de
aquella ocasión.

Creo que Fidel siempre está pensando en futuro

Un tono grave, familiar y pausado, eso fue lo primero que escuché
cuando apenas podía comprender sus palabras. Una voz cautivadora y
cordial. ¿Cómo hablar? ¿Qué hacer? ¿Qué decir? Estaba atónita y
emocionada, clavada en el asiento, con la respiración entrecortada.
«¿Cómo está Comandante?» fue la única frase coherente que logré
articular.

Pero a los pocos minutos la tensión cedió y me parecía que continuaba
una vieja conversación que había quedado inconclusa tiempo atrás. Me
preguntó: “Bueno Ibis, ¿y dónde tú vives?”. ¡Me resultaba increíble
que Fidel supiera dónde queda Párraga, que bromeara sobre su lejanía y
se interesara por las rutas de guaguas que se dirigen hacia allá! Y
admiré aún más su capacidad de abordar desde los grandes temas hasta
los sucesos cotidianos, aquellos de la rutina de todos los días.

Luego oí un lejano ruido de papeles y lo imaginé sentado frente a una
gran mesa atestada de hojas y libros. Entonces su voz cambió y sonó
más grave. Me dijo que estaba leyendo unas informaciones sobre México
y que le preocupaban los altos índices de violencia que existen en ese
país, porque las cifras iban en ascenso cada año y la situación
escapaba del control de las autoridades. Además, se refirió a las
constantes migraciones de los empresarios del campo hacia las
ciudades, fundamentalmente, hacia el Distrito Federal; y las graves
consecuencias que podría acarrear para la economía de la nación.

Hablamos también de cómo esos escenarios de violencia se repiten con
muchísima frecuencia en varios países de América Latina. Y un tono de
alarma se hacía evidente en su voz al señalar que miles y miles de
personas mueren a causa de actividades delictivas como el
narcotráfico. Pero su inquietud no se limitaba solo al problema, sino
que iba más allá: a la búsqueda de soluciones. Creo que Fidel siempre
está pensando en futuro y de forma global; y luchando porque ese
pensamiento se torne en formas de acción que favorezcan a las
mayorías.

Hablar con Fidel fue como dialogar con una parte de nuestra historia
(y cuando digo nuestra, hago parte a toda América Latina). Creo que
ahora entiendo verdaderamente el sentido de esa frase que tanto gustó
a Tomás Borges: ya sé que toda la gloria del mundo cabe en un grano de
maíz.

Nos vemos pronto

Por mi mente comenzaron a pasar, como en filme, imágenes de toda mi
vida: los lugares donde he estado, las cosas que he hecho; todo
mientras extendía mi mano para tomar el auricular del teléfono. ¡Por
fin era mi turno!

Todos nos mirábamos. Las imágenes que no cesaban. Me vi cuando fui
montador pailero naval, ponchero, fumigador, custodio y, de repente,
¡todo se congeló al escuchar su voz! Tan familiar.

La misma voz que generaciones de cubanos han escuchado por décadas…

—Hola Héctor, ¿cómo te sientes?

—Comandante, estoy emocionado, es que nunca pensé hablar con usted.

A lo que respondió con esa sabia picardía:

—¡Ah, mira!, yo tampoco pensé nunca hablar contigo…

No pude hacer otra cosa que echarme a reír como lo hace uno con un
amigo cuando le cuenta una broma. Y ahí estaba Fidel, el Comandante,
el hombre de las mil batallas, del otro lado del teléfono
preocupándose y preguntando por cosas de mi vida en las que ni
siquiera yo reparo: se interesó por si veía televisión y durante qué
tiempo. Aunque centró su interés en el tema de los Cinco Héroes, del
cual hablamos ampliamente. Quizá muchos no entiendan y hasta
critiquen mi asombro, ese terco asombro que borró las ideas,
preguntas, e inquietudes de mi mente y que me hubiera gustado
compartir con él. Pero, ¡vamos! No todos los días uno recibe llamadas
del líder histórico de su nación.

Con toda la prudencia del mundo e indicando el fin de nuestra charla me dijo:

—Bueno les he robado mucho tiempo hoy… Pero no pienses que se van a
escapar de mí.

—No se preocupe Comandante, nos vemos pronto.

Fuente: Juventud Rebelde

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Un comentario sobre “Lo que sucedió después de publicarse Extraña Desconexión

  1. debe ser impresionante que de momento estés charlando con una figura que desde chicos hemos admirado y seguido como ejemplo. en este relato se ve la forma jaranera pero seria de nuestro comandante al estar siempre interesado hasta en el mas simple comentario. Un gran líder pero una gran persona.
    Yo personalmente estudio en la UCI y hay es donde mas se puede ver los problemas existentes en el país con respecto a la tecnología pero ¨seguimos echando pa lante¨ y dando lo mejor de nosotros.

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