Daniel Chavarría provoca revuelo en las Ferias del Libro

La Feria del Libro cubana está próxima

a inaugurarse (del 14 de febrero hasta el 10de marzo) . Daniel Chavarría, será uno de

los escritores homenajeados en este evento anual conjuntamente con el investigador Pedro Pablo Rodríguez, Premio Nacional de Ciencias Sociales, y las culturas de la República de Angola.

 

Elsa Claro, periodista y escritora, entrevistó en 2006 al autor de obras tan conocidas como Joy. Por la actualidad y lo interesante de este trabajo se los reproduzco para el disfrute de aquellos que les apasiona la literatura y desean conocer detalles de quienes desatan sus fantasías y ficciones en letras.

daniel

Pretender saberlo todo sobre un escritor es pecado de necedad, pero acercarse al hombre que fábula o rememora, resulta una aventura muy interesante, sobre todo si te hace confidencias

DANIEL Chavarría provoca revuelo en las Ferias del Libro y si le dejan hablar se roba la risa o las deferencias de cualquier auditorio. Es suave a pesar de sus asperezas reales o aparentes. Puede pasar por ángel siendo demonio o a la inversa. Esto quiere decir que tiene un espíritu inquieto, bien condimentado con la adecuada ilustración que a todo ser riguroso le es indispensable. En su caso puede que rebase algunos marcos en los cuales se suele encasillar a los intelectuales. Otros pormenores sobre este uruguayo-cubano y su obra, los dirá él mismo, o mejor, descúbralo el lector en estas pistas que vamos a darle.

Tiene usted dos obras -destacadas y premiadas ambas (El rojo en la pluma del loro, 2000, y Adiós muchachos, 2002), en las cuales el personaje femenino principal es una prostituta o jinetera. Son dos mujeres diferentes, aunque con puntos en común en lo que respecta a su vínculo con quienes las utilizan, en un sentido u otro. ¿Se inspiró usted o quizás estudió alguna(s) en particular o son puros sujetos de ficción?

La Alicia de Adiós muchachos fue mi alumna. Por supuesto, mutatis mutandis y con muchos añadidos de mi cosecha. Bini es una fusión de dos mujeres a quienes conocí a fondo, y cuyas vidas me aportaron una parte importante del anecdotario que utilicé en El rojo…

En el Loro… usted recrea con puntilloso esmero el personaje de Tresó, el torturador ¿Le recuerda a uno o varios de estos especímenes, parte de algún testimonio quizás…?

Yo publiqué mi primera novela a los 45 años y más de una vez he comentado algunas ventajas de esta iniciación tardía, como por ejemplo, la de poder nutrirme de situaciones vividas y de los personajes reales que conocí a lo largo de casi medio siglo, amén de que en mi caso llevé una vida mucho más agitada y trashumante de lo que corresponde a un aprendiz de novelista veinteañero.

A Tresó lo construí sobre la personalidad de un psicópata argentino que unos años antes fuera de la policía peronista. Nada comparable a lo que vino después, pero entre otras cosas, se complacía en sodomizar a los presos más indefensos. A este personaje lo conocí en el Perú, y con él recorrí el país vendiendo libros y subscripciones para revistas. En efecto, era hijo de un pastor crápula; vivía en Lima con once cholas a las que fornicaba en lote y obligaba a corear himnos adventistas. Uno de sus rasgos más sádicos era el de salir desarmado a buscar la pelea. Con su carita rubia de ojos claros, sólo en aquellos suburbios temibles, era seguro que lo asaltarían; y él disfrutaba al desfigurar con sus uñas de acero y patadas de mula a cuanto maleante se equivocara con él. Luego los desnudaba, les quitaba lo que llevasen de valor, y solía arrojar al Rímac las ropas y zapatos. De otra parte, como yo conocía a fondo la tragedia y el anecdotario carcelario de mis coetáneos rioplatenses y había leído los Recuerdos de la muerte, de Miguel Bonasso, me fue fácil construir este antihéroe que por singular, no deja de ser creíble, según me parece.

Aunque usted usa en una medida o en otra la técnica de la novela negra en sus obras, particularmente en ésta, y aunque espacial y conceptualmente diferente, hay ciertas evocaciones de Joy. ¿Coincide conmigo o no? ¿Por qué?

Si se refiere usted a El rojo.. sí coincido. Ahí prevalece con mucho el ambiente cosmopolita, internacional, y las situaciones y personajes excepcionales de Joy. Además, si nos atenemos estrictamente a lo que significó la acuñación del término “novela negra”, con que los franceses designaron la producción policíaca de la Série Noir, de Gallimard, en los años 50, me parece evidente que no me regodeo con lo verdaderamente negro, como podrían ser las escenas de tortura y violencia. Para la trama, me basta con mencionarlas y a lo sumo insinuarlas, pero no apelo a la sordidez ni a la truculencia que caracteriza a la típica novela negra.

Una pica en Flandes tiene una fuerte sazón erótica. Si en obras anteriores ese mecanismo fue parte insustancial de la trama, en este texto cobra un fuerte carácter descriptivo. Pese a su elegancia ¿es una concesión a las propensiones del gran mercado actual o una necesidad narrativa a que le indujo el curso de la propia obra? Le recuerdo que El ojo de Cibeles “peca” de otro tanto.

Hasta principios de los 90, yo sólo escribía novelas de espionaje o el policiaco urbano, y por cierto con tramas bastante puritanas; pero un día, Paco Ignacio Taibo II me propuso escribir una noveleta con la que él se había comprometido para la revista Crimen y Castigo. Y al ver un día que se le venía encima la fecha de entrega y no había escrito una línea, me pidió ayuda. Yo me puse entonces a escribir una policial erótica basada en una jinetera cubana. Y en 32 días escribí Adiós muchachos. Creo que es una de mis novelas más intrascendentes, pero yo estoy muy contento de haberla escrito. Aparte de muy divertida, me ha proporcionado éxito, publicidad, un premio codiciadísimo, incluso por escritores de primera magnitud (Edgar Allan Poe, EE.UU.), y algún dinero. También descubrí que el tema erótico me era accesible, y eso me abrió las puertas para una nueva línea narrativa, que de alguna manera reiteré en El rojo, donde el policíaco se mezcla con la comedia, la novela política y el erotismo. Se trata de un subgénero, que yo llamo picaresca cubana, atractivo para un gran público, donde sin hacer concesiones denigrantes al mercado, respeto sus requisitos fundamentales y me asegura una buena circulación internacional.

¿Aquel verano en Madrid es verdaderamente (en parte o todo) un recuento o la memoria de un pasaje de su existencia personal? ¿Está dispuesto a confesarlo?

Sí, ¿por qué no? Y también le confieso que es la primera vez que voy a decir toda la verdad. Aquel año en Madrid, en lo que a mí me interesa, es una historia verdadera: Gaby me mintió a mansalva; me atribuyó un hijo del que me vine a enterar mucho después; les mintió a su marido y a su amante; pero era una mujer digna que mentía por entregarse a una causa justa.

En el resto hay alguna fantasía. El padre era un hombre taciturno, triste, aplastado por la tragedia que le tocó vivir en su juventud. No fue para nada el personaje excéntrico, payaso y violinista que yo construí. Es verdad que cazó nazis, pero nada tuvo que ver con el secuestro de Eichmann por el Mossad. Por supuesto, los diálogos son míos; y el final del melodrama está muy amañado. Sobre todo, no hubo la carta con que cierra la novela, que me dirige el hijo de Gaby; ni existió el reencuentro con su verdadero padre.

No soy, en puridad, feminista, pero me parece que las mujeres de sus obras quedan bastante mal paradas ¿Usted qué cree?

Yo sí soy feminista, o por lo menos, partidario de las mujeres. Y creo que cuando dejo mal parada a alguna en mis novelas es por atacar a una clase, estamento o grupo humano que detesto. En Olga Karáguina ataco a la nobleza zarista; en Alicia, a los oportunistas del establishment cubano; y si usted observa bien, en mi obra no hay un solo personaje femenino denigrado por capricho.

¿En qué momento se le ocurrió escribir ficción? ¿Hubo algún factor coyuntural, una “iluminación”, embullo?

A los 8 ó 9 años, después de leer El avaro, de Molière, hice mi primer intento. Durante la infancia, varios libros me provocaron otras tantas acometidas fallidas: Huck Fynn, El Conde de Montecristo, Los hijos del capitán Grant. De adulto sólo hice dos intentos, también fallidos; uno después de leer Gabriela, clavo y canela, hacia los 30 años, y otro después de Los pasos perdidos, a los 36. Y como ya dije, no logré publicar nada hasta los 45. Eso lo atribuyo a que esta vez me propuse un objetivo muy humilde: el de escribir una novela mejor que Los hombres color del silencio, de Alberto Molina, Premio en el concurso anual del MININT. Y lo logré con Joy. Molina estuvo de acuerdo.

Una evidencia constante en casi toda su obra es la denuncia política. Lo hace a través de la cita ocasional, el sabio manejo de situaciones y personajes y hasta por el uso del humor o la sátira o de la crítica en lo referente a la sociedad cubana. ¿Va a mantener esa tendencia o se dirige hacia otros  derroteros narrativos?

Se trata, como usted sabe, de un requisito aristotélico que Horacio tradujo como la combinación de lo dulce et utile, o sea, lo ameno y lo útil (desde el punto de vista cognoscitivo, conceptual, ideológico, formativo, etc.) Creo que salvo Adiós muchachos, donde cargué bastante la mano en la amenidad, siempre he tratado y trataré de poner mi granito de arena para que mis lectores salgan beneficiados con algo útil. En todo caso, aunque a veces me voy del tema cubano, lo que más me interesa son los claroscuros y singularidades de esta sociedad revolucionaria que tanto amo; pero en especial, me interesa su patología social, los aspectos conflictivos, la crítica de la satisfacción, el acomodamiento, la injusticia, la mentira. Porque ésta es la sociedad más virtuosa que conozco, pero no es ni puede ser perfecta.

DANIEL Chavaría reside en Cuba desde 1969. Profesor de griego, latín y Literaturas Clásicas, habla cinco lenguas europeas. Entre los premios que se le han otorgado están los recibidos por su primera novela, Joy, en 1975, y en 1978. Por La sexta Isla (1984), Allá ellos (1991), el Premio Dashiel Hammett, Gijón (1992) a la mejor novela policíaca en lengua española. El Ojo de Cibeles (1993), Premio Planeta-Joaquín Mortiz, México. Premio de Educación y Cultura, Montevideo (1994); Premio Ennio Flaiano, Pescara, 1998.

Premio Edgar Allan Poe, New York 2002, otorgado por la Mystery Writers of America a la mejor novela policíaca publicada en EE.UU. (en inglés), durante el año 2001, con Adiós muchachos, y El rojo en la pluma del loro, Premio Casa de las Américas  2000.

 

Publicado en Granma Internacional 26-2-06 pag.10

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