Frío nórdico y calor tropical

Una opinión, vertida en este artículo, que si lo leemos cuidadosamente nos hará pensar .

Lo dejo a su consideración.

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Por Lucía López Coll

Cuando Finlandia acaparó por sus excelentes resultados los primeros
puestos en ciencia, lectura y matemáticas, según el informe presentado
en el año 2000 por el Programa Internacional para la Evaluación de
Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés), de la Organización para
la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), incluso las grandes
potencias mundiales miraron entre sorprendidas e interesadas hacia el
pequeño y gélido país europeo. Tres años después un nuevo informe
arrojó resultados similares para confirmar que allí no había
casualidad. Desde entonces los especialistas y los medios de
comunicación siguen indagando en busca de una explicación que
justifique logros tan excepcionales. Y aún cuando no se han puesto de
acuerdo en sus opiniones, de una forma u otra todos coinciden en un
punto: al parecer Finlandia ha logrado establecer y consolidar uno de
los mejores sistemas educativos del mundo.

Algunos especialistas consideran que tales resultados se deben a un
conjunto de factores que, a primera vista, parecen contradecir la
experiencia docente al uso. Diarios de todo el mundo que se han
referido al tema resaltan el hecho de que los niños finlandeses no son
los que más horas lectivas reciben en el contexto europeo, ni los que
más deberes hacen en sus casas, ni los que más temprano comienzan en
la escuela (lo hacen a los 7 años), ni los que realizan más
evaluaciones a lo largo de sus estudios. La jornada escolar comienza a
las 8.30 de la mañana y apenas se extiende hasta las 3 de la tarde,
con un receso de media hora para el almuerzo. Por lo general el mismo
maestro se encarga de impartir casi todas las asignaturas durante los
primeros seis años de primaria y han conseguido mantener como promedio
entre 23 y 25 alumnos por cada aula.

Finlandia tampoco se encuentra entre los países que más invierten en
educación (menos del 7% del PIB), que es prácticamente pública (apenas
existen escuelas privadas), y totalmente gratuita desde el grado
preescolar hasta la universidad. También los estudiantes reciben sin
costo alguno la comida y los materiales de estudio, aunque en caso de
pérdida la familia pagará por ellos.

Hasta aquí algunas de las principales características del sistema
educativo finlandés, aunque muchos consideran que ninguna de ellas por
separado ha sido decisiva para lograr el salto de calidad que revelan
los informes presentados por PISA. La clave -se inclinan a pensar los
especialistas-, se encuentra en el nivel de preparación que se le
exige a los profesores y el reconocimiento social que obtienen por su
trabajo, por lo que el magisterio se encuentra entre las profesiones
mejor valoradas.

Según testimonios reflejados por la prensa, ser maestro constituye un
honor muy especial en el país nórdico y esa circunstancia es tanto o
más atractiva que la remuneración que reciben (entre US$29.000 y
US$39.000 anuales), aunque, al parecer, esta resulta suficiente para
sostener un nivel de vida promedio, sin grandes lujos pero sin
estrecheces.

En cuanto a la formación profesional las universidades realizan una
rigurosa selección de los candidatos antes de comenzar sus estudios
para garantizar la máxima calidad. Además de presentar notas
excelentes, los aspirantes se someten a varias pruebas, incluyendo
sensibilidad artística y dominio de algún instrumento musical. Sólo el
10% de los ellos logra aprobar y son aceptados para cursar la carrera,
y una vez concluida deben hacer una maestría antes de empezar a
ejercer la docencia.

Si me he permitido realizar tan larga introducción enumerando las
bondades del sistema educativo finlandés, es porque al leer esta
noticia no pude evitar la comparación con nuestro propio sistema
educacional, que hace apenas unos años también logró alcanzar un
notable nivel que lo hizo destacarse en el ámbito internacional,
especialmente en el contexto caribeño y latinoamericano. No es ocioso
recordar que tras el triunfo revolucionario y gracias a un esfuerzo
descomunal, Cuba logró en muy corto tiempo erradicar el analfabetismo.
Desaparecieron las escuelas privadas y toda la educación se declaró
gratuita, incluyendo el sistema de becas que, como su mayor saldo
positivo, permitió a muchos jóvenes de familias humildes y de bajos
ingresos acceder a niveles superiores de educación. Paralelamente se
fijaron ambiciosas metas, como aquellas “batallas” por el sexto grado
y la enseñanza obligatoria hasta el nivel medio, la formación de
profesionales en múltiples ramas del saber, y todo ello en medio de
numerosas dificultades y restricciones económicas.

Sin embargo, ese enorme esfuerzo, que requirió por supuesto una gran
inversión en infraestructura, la formación de profesionales, la
adquisición de materiales de estudio, etc., no ha estado exento de
decisiones y políticas erróneas que hoy se impone corregir, si no
queremos malograr los avances alcanzados.

Un buen paso en ese sentido fue, sin dudas, la desactivación de las
escuelas en el campo, una medida anunciada por el presidente Raúl
Castro en el 2009 en correspondencia con la política de ahorro
propuesta por el gobierno y con la cual se ponía fin a un sistema de
becas que combinaba el estudio y el trabajo en el campo durante el
curso escolar, y cuyo saldo final representó escasos beneficios para
la agricultura y los propios educandos, y el empleo de varias horas de
transporte diario para los profesores, tiempo perdido en su superación
o descanso. Además, el sistema supuso una sensible y poco aconsejable
disminución del papel de las familias en la formación de sus hijos,
teniendo en cuenta que es precisamente en ese núcleo donde se enseñan
y aprenden (o no), los valores fundamentales que luego nos definirán
como individuos. Afianzar los lazos entre escuela y familia como un
binomio que se complementa en la formación integral del alumnado, es
una necesidad que muchas veces solo se cumple de manera formal, sin
entender que una no debe sustituir a la otra, pero tampoco una puede
realizar su labor de manera eficiente cuando no es apoyada por la
otra.

¿Y qué ocurre cuando es la propia familia, de algún modo estimulada
por la escuela, la que contribuye a agravar los problemas docentes? En
más de una ocasión he llegado a determinada oficina para realizar un
trámite y he visto a una esforzada madre copiando de internet o de
Encarta y redactando ella misma el trabajo que debe entregar su hijo
en la escuela. Sin duda asegura con ello la mejor calificación del
niño, pero a costa de cometer un fraude y sin que llegue a cumplirse
el objetivo docente de la tarea asignada a un estudiante que no tiene
computadora en su casa y mucho menos acceso a internet. No se trata en
este caso de un padre desinteresado por la educación o la preparación
profesional de sus hijos, sino todo lo contrario. El problema es que
se ha tomado el peor camino para encausar esa preocupación, sin
percatarse de que lejos de estimular el interés del escolar por el
aprendizaje y la obtención de resultados con su propio esfuerzo, se
está contribuyendo a su deformación como estudiante e individuo.

Claro que existe la otra cara de la moneda. Aquella donde se pone de
manifiesto la deficiente preparación del personal educativo, que a
veces se combina con una fuerte carga docente, pero mal orientada, o
cuando se recarga al alumnado con deberes excesivos y metas casi
imposibles de cumplir, como la consulta de contenidos en internet. La
experiencia más generalizada de mi generación fue que debíamos
estudiar y realizar los deberes por nuestra propia cuenta, porque
nuestros padres apenas habían accedido a la enseñanza primaria. Muchos
de nosotros tuvimos la posibilidad de graduarnos en la universidad y
entonces nuestros hijos sí requirieron nuestra ayuda, no sólo como
apoyo al proceso docente, sino porque las tareas eran demasiado
difíciles o porque no entendían a la maestra, o porque habían cambiado
de profesor cinco veces a lo largo del curso escolar. Hoy se ha pasado
a una etapa “superior”, y las familias que disponen de mayores
recursos contratan repasadores para rellenar las lagunas que advierten
en la preparación de sus hijos. ¿Acaso no es reveladora (y
preocupante) esta secuencia, en apenas tres generaciones?

Pero aún habrá que corregir otros problemas en el sistema que han
surgido o agravado en los últimos años y sobre los cuales no se ha
realizado el debate público necesario, habida cuenta su extrema
trascendencia, quizá porque la educación ha sido uno de los derechos
fundamentales conquistados por los cubanos en las últimas décadas, y
siempre que se habla de ella es necesario recurrir a los guantes de
seda.

Pero si traje a colación el tema de Finlandia es precisamente porque
somos más débiles allí donde los finlandeses han logrado hacerse
fuertes y ese elemento quizá marca una diferencia fundamental: la
estabilidad del personal docente y la solidez de su preparación.
Mientras los fineses realizan pruebas rigurosas para escoger a los
mejores alumnos como futuros profesores y se dan el lujo de
seleccionar a los más capaces, nosotros debemos conformarnos muchas
veces con estudiantes que llegan a la Licenciatura en Pedagogía porque
no han alcanzado la carrera de su preferencia debido a su bajo
rendimiento académico. Siempre andamos cortos de personal y ante el
déficit de profesores incluso se ha recurrido a los llamados
“emergentes”, jóvenes apenas mayores que sus futuros alumnos, sin la
preparación necesaria para asumir esa compleja tarea.

Nuestros docentes no sólo están mal remunerados y tienen dificultades
con el transporte y la vivienda, al igual que otros muchos
profesionales en el país, sino también se ven afectados por otros
problemas como la falta de reconocimiento social, no de palabra, sino
de hecho. Ellos también son recargados con largas jornadas laborales,
con escaso tiempo para su preparación profesional y sufren las
deficiencias de algunos métodos pedagógicos, entre otras cuestiones
que afectan la calidad de su trabajo y desestimulan que los jóvenes
decidan optar por la carrera de magisterio.

Por otra parte, la imagen que hoy proyectan muchos profesores no
siempre resulta la más adecuada, por su comportamiento dentro y fuera
del aula, plagado de chabacanería y malas formas, por su incapacidad
para hacerse respetar por sus alumnos y estimular su interés por los
conocimientos que deben impartir, cualidades que poseían muchos de
aquellos profesores formados en la vieja escuela, cuando nuestro
sistema educacional aún no tenía el alcance y la capacidad que exhibe
hoy.

No nos engañemos, no somos ni nunca seremos como los finlandeses. No
tenemos su tradición luterana, ni nuestras familias pasan las tardes
de domingo en las bien surtidas bibliotecas públicas. Tampoco tenemos
esos largos inviernos que casi los obligan a permanecer en sus
hogares, bien arropados y disfrutando de la lectura de un buen libro.
Pero así como somos, gregarios y extrovertidos hijos del trópico, es
necesario y casi urgente encontrar el camino para recuperar lo mejor
de nuestra tradición docente, que no por gusto se remonta al siglo XIX
con las famosas cátedras de Félix Varela en el Colegio Seminario de
San Carlos y San Ambrosio, el magisterio de José de la Luz y
Caballero, fundador del prestigioso Colegio de San Salvador, o incluso
la generosidad de Rafael María de Mendive, quien llegó a patrocinar el
ingreso de su alumno más brillante en el Instituto de Segunda
Enseñanza de La Habana, el joven José Martí. (2013)Visítenos en www.ipscuba.net y síganos en Twitter y Facebook

 

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