No solo a nuestro tiempo

No solo a nuestro tiempofoto AIN

La familia sí tiene que ver (y mucho) con los valores de sus descendientes. Donde nuestros pies dan los primeros pasos, también nuestros valores comienzan a andar…

Susana Gomes Bugallo

Dice el viejo refrán que la juventud adora esgrimir como justificación ante todo conflicto con sus mayores, que los jóvenes se parecen más a su tiempo que a sus padres. Y aunque sabemos que sí, y aunque defendemos en cada momento nuestra pertenencia al contexto en el que somos realmente activos, en el que transformamos, al que nos debemos más que nada por una cuestión de honor generacional, otro tanto de nuestro ser ya viene sembrado desde los primeros alientos.

Siempre se nos sale algún vicio materno, ese gesto paterno, la manía de la abuela. A veces nos percatamos entre risas, juzgamos a los del hogar primero desde la lejanía de nuestra modernidad perfecta, y hasta llegamos a creernos lo diferentes que somos, pero un gen inicial de valores fue depositado en los flashazos iniciales, lo recordemos o no.

Cada quien lleva su historia familiar. Unos agradecen más a los progenitores, otros tienen una larga lista de recriminaciones. Hubo quien debió escaparse de las miradas de sus adultos para realizar sus sueños; hay de los que deben a sus tutores el haberles casi obligado a adentrarse por caminos quizá indeseados al inicio y definitorios para su realización al final. Pero, un rol de la familia existe, para bien o para mal, y es imposible ignorarlo en cualquier recuento personal.

Aun en las más apasionadas batallas entre parientes, siempre hay una causa de genes en el fondo. Porque no discuten tanto quienes no son similares en algo, quienes no tienen códigos comunes para entender en qué se falla o se acierta. Se requiere haber compartido ciertos desvelos hasta para enredarse en un pleito.

Todas estas reflexiones van directo a apoyar una tesis: la familia sí tiene que ver (y mucho) con los valores de sus descendientes. Y aunque en la escuela se incorporen muchos sentires y conocimientos, y aunque haya un camino que se labre cada quien por sí mismo (una vez que se toma mayor conciencia de dónde va el bien y el mal hacer), lo que nuestro hogar forma —a veces, hasta sin querer— poco puede pelear la vida luego por arrebatárnoslo.

Otra realidad existe, y es la de una educación escolar que apunta más a los saberes que a reflexiones filosóficas sobre quién se es y hacia dónde se va en la vida. Psicólogos experimentados como la Doctora y profesora de la Universidad de La Habana Laura Domínguez, experta en temas de adolescentes y jóvenes, señala la escasez de espacios académicos para que los seres en formación que somos en esas etapas de la vida, reflexionemos sobre nuestros valores y características más intrínsecas.

Son entonces las conversaciones y acciones de la familia las que deben estar en este momento de introspección, más allá de los profesores que saben convertirse en guías espirituales y ser un apoyo en las decisiones más trascendentales que debemos tomar en esos momentos. No siempre se tiene la suerte de contar con maestros capaces de rellenar todos los vacíos de pensamientos que nos atormentan cuando no se tiene en casa a quien pedir una reflexión inteligente y valiosa. Y si así fuera, mejor tener a ambos.

Por otra parte, se ahorra mucho esfuerzo cuando los padres son capaces de abrirnos puertas difíciles de descubrir por cuenta propia. Si la familia se anota a su cargo el develar horizontes inexplorados para sus vástagos, la vida será más enriquecedora que cuando se invierte tiempo en hallarlos o se espera por la suerte de conocer a otros que descubran esos trillos. Corresponde a los de casa hacer posible de modo más expedito la ruta que conducirá a la satisfacción personal.

Poner un libro en las manos de un pequeño no garantizará que ame la lectura, pero sí hará posible que este mundo se le despierte desde la incitación de sus seres queridos. Que una madre tenga una palabra amable con la abuela, o que el padre sea tan laborioso en casa como en el trabajo, no “fabricará”menores comprensivos, cariñosos ni trabajadores. Puede que la elección de conducta propia vaya por otras preferencias, pero es un tanto más difícil no apegarse a lo bueno que se aprendió en familia.

El hogar no lo es todo, pero es bastante. Los jóvenes se seguirán pareciendo más a su tiempo, pero también le deberán mucho a sus padres si estos se encargan de poner de su parte en hacerlos personas de bien. Pueden y deben.

(Tomado de Cubahora)

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