La villa en otro plano (III)

 

 

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TOMADOS DEL CAPÍTULO “ANUDADOS ENTRE RAÍCES”:

Por: Alberto Enrique Pérez de la Rosa (1941) (Enrique Castro)

 

EXCURSIONES A LO RECÓNDITO
En la geografía remediana hay nombres que hoy son tan normales que a muchos no dirán nada trascendente o fuera de lo común; pero a la gente que vivió en la medianía del siglo XX resultaba casi un imposible remontarse a determinados puntos, era marchar a lo desconocido aunque en realidad no mediara mucha distancia.
Así, llegado un día cualquiera y como si fuera algo desafiante la familia inventaba incursionar hasta alguno de esos sitios incógnitos, distantes o, más que todo, de difícil acceso. Y a mis parientes se les ocurrió uno de aquellos inventos: ir de romería a la playa de Jinaguayabo.
Yo veía una contentura tremenda durante los preparativos. Conciliar el sueño de la última noche para mí no resultó nada fácil ya que todo era expectativa, sobre todo porque tuve que hacerlo antes de la hora acostumbrada y al decir de mi mamá, por lo temprano sería todo un levantón; además, esta era la primera vez que me bañaría en el mar pues a éste solo lo había visto desde la orilla, en el cercano Caibarién.
Mi abuelo paterno sería el guía natural de la expedición, nadie como él conocía el trayecto, esa autoridad se la daba haber contraído nupcias e ir a vivir y trabajar por esa zona en los primeros años del siglo, justo por los campos de esa región le nacieron sus seis hijos, muy cerca del batey del antiguo y demolido ingenio que había llevado en su momento el mismo nombre de la playa.
Antes de los primeros claros del día, desde una y otra casa nos pusimos en camino hacia el motor de línea de vía estrecha que salía un poco más allá y en forma perpendicular a la estación ferroviaria principal. En ese único y pequeño vagón autopropulsado iríamos rumbo al batey a lo largo de unos cinco kilómetros porque el resto había que hacerlo a pié.
Mientras todos esperábamos, los muchachos le fuimos encima a una mata repleta de marañones maduritos y surgió el consabido comentario de que apretaban la boca y cómo era la única fruta que tenía semillas por fuera de la masa y servían para comerlas una vez tostadas.
Tras mil tumbos y vaivenes se detuvieron los paisajes de aquella llanura, la señal del fotuto indicaba el inmediato arribo. Los adultos cotejaron con el motorista la hora del último retorno. Allí estaban las cazuelas llenas de comidas variadas que irían de mano en mano rumbo al litoral.
Pronto identificaron la casa natal con sus cercanos cocoteros y otras viviendas que ya no ocupaban las familias de entonces. Los pasos se dirigieron hacia la residencia del antiguo dueño del ingenio pues de su cercanía salía un viejo y dudoso camino que casi a la par del río llevaba recto al mar. Un guayabal, vacas, y de pronto el manglar, faja cenagosa con pantanos y más pantanos.
El lodo se alternaba con el agua encharcada y pestilente hasta más arriba de las rodillas. Mis tías María Luisa y Emilia se negaban a cruzar aquel infierno y mi tío Manolo iba y volvía cargándolas en brazos, también a los niños que íbamos. Mi padre cargó una y otra vez a mi mamá y nos pasó también a mi hermanita y a mí. El primo Teodoro trasladaba las cazuelas. Mi abuelo iba delante machete en mano abriendo el paso donde hiciera falta. Tras promesas y arengas de pronto llegó la arena. La alegría fue inmensa.
De inmediato la salina agua bañaría a todos y con ello se fue toda la suciedad del trayecto. Acampamos en la misma desembocadura del río. Una y otra advertencia a los más pequeñines que disfrutábamos a plenitud. Un momento muy desagradable para mí resultó cuando mi tío me lanzó al río, el pataleo no sirvió de nada y tuvieron que sacarme con urgencia.
Hubo quienes recolectaron piedras y leña, así formaron un fogón para calentar los alimentos, pero lo que más llamó mi atención fueron los platos de yagua al estilo mambí que preparó mi abuelo y sirvieron para el suculento congrí, masas de puerco y chatinos.
Arrullados por la brisa llegó el momento del descanso para unos y una agradecida siesta para otros. Los más ojiduros nos fuimos a caminar en busca de caracoles en aquella salvaje playa y encontramos hasta toritos, una especie de pequeños peces de cabeza casi cuadrada y con dos tarritos que al parecer venían a morir sobre la arena. Todo era un gran acontecimiento.
Después llegaría el retorno: volver al manglar, al batey, al río a lavarnos las piernas, al motor de línea, a Remedios, con un cansancio enorme. A pesar de todas las vicisitudes, aquel resultaría un día inolvidable.
Cuando crecí me involucré en el desarrollo de una idea que parecía un sueño, pero algo anhelado por los remedianos: un balneario propio. Entonces surgió el proyecto bajo los auspicios de aquel promotor por excelencia, un buen hombre llamado Pedro Jiménez, y nació un terraplén para enlazar la villa con esa playa por la vía del Tesico y hasta se levantó la casa club o ranchón con su techo de guano, así comenzaría el ir y venir en camiones para salvar la distancia. Hace mucho tiempo de aquella génesis.
Luego llegó el terraplén hacia la playa de Jinaguayabo, convertido después en carretera, más adelante levantarían el centro turístico justamente en el punto exacto donde disfrutamos de aquella aventura inusual del pasado.
Ahora todo aquello es puro recuerdo, hoy pueden disfrutarse de romerías, excursiones o acampadas en cualquier punto de las tierras remedianas sin tantas dificultades. Ya nada resulta imposible.
UNA VOZ INDETENIBLE
Un invento que ha beneficiado a la humanidad es el reloj. Avisando cada día está el Big Ben de Londres, el Carrillón de Moscú y otros muchos famosos relojes que hacen las delicias de ciudadanos del mundo entero pero no hay otro mejor como el Reloj de la Iglesia Mayor para la gente de San Juan de los Remedios, una ciudad que se alza en el centro norte de Cuba.
Según dicen los remedianos a este reloj no hay quien se le escape. Cuando uno pasa por su cercanía busca el contacto aunque no se tenga intención de mirarlo; por los caminos de lo instintivo los ojos van al encuentro de su esfera de números romanos; es algo incontrolable rayando lo involuntario, lo tradicional. En lo alto de la torre desafía al tiempo y el clima, además, caprichosamente ha ido a la par de la vida de muchas generaciones.
Al marcar la hora exacta, su voz metálica y penetrante lanza al vuelo las campanadas para señalar a los adolescentes la hora de retornar al hogar, a los novios que ha llegado el momento de abandonar a la amada, la de apurarse para sintonizar el programa radial de preferencia o encender el televisor, así como el instante en que jueves y domingos la banda municipal ofrece su concierto en la Glorieta del parque Martí, o el sencillo pero útil acto de comprobar la hora en todos sus parientes menores: los de pulsera o los de pared.
Ricardito Torres Chávez me contó que una ocasión el reloj se volvió loco. Era la media noche y le correspondían doce campanadas pero al llegar a la última quienes las cuentan medio somnolientos, sorprendidos despertaron de un tirón porque continuaban: quince, veinte… aquello produjo una alarma generalizada la cual solo pudo resolver el relojero que por muchos tiempo se las entendía con los contrapesos de la compleja maquinaria.
Cada año el reloj remediano también tiene un infeliz momento: la noche de las parrandas navideñas, cuando al espacio irrumpen con luces de colores o artificios explosivos millares de voladores, palenques, morteros, palomas. Todo retumba. Los bandos contendientes enardecen y ponen a temblar a muchos participantes foráneos. En medio del estrépito algunos voladores de vuelo errático van a parar a la mismísima esfera del antiguo reloj.
Nunca imaginaron los promotores del montaje de la máquina en el lejano 1855 que tantos años más tarde aquel artilugio siguiera golpeando en los oídos de los remedianos de hoy, tampoco la descendencia de sus fabricantes en la norteña ciudad de Boston pues ni siquiera ningún vecino de allí sabrá de su existencia.
Nadie iba a sospechar que en la actualidad fuera a surgir una nueva tradición para viajeros, turistas o remedianos ausentes. Ir al parque, sentarse por un momento en un banco y en un instante de intimidad mirar el reloj y decir a modo de despedida: ¡Nos veremos pronto!
Cuántas fantasías se habrán tejido sobre su decir, también es desconocido el número de poetas que le habrán cantado, nadie lo conoce. Pero, más que cualquier elucubración, el reloj de la Iglesia Parroquial Mayor de Remedios ha sido y seguirá siendo uno de los soportes culturales que pertenece a todos en la llamada Octava Villa de Cuba. Una voz indetenible en el tiempo.

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