La villa en otro plano (IV)

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Por: Alberto Enrique Pérez de la Rosa (1941) (Enrique Castro)

NOCTURNIDAD PARA VIUDAS
Aparece una nueva viuda y de boca en boca la noticia se traslada. El comentario se generaliza ya que un encuentro con tales visiones no deja de impactar y aunque sea asunto conocido inspira preocupación, también temor. Será otro lugar a tener muy en cuenta cada noche pues nunca se conoce el propósito que persiguen estos raros seres.
Cada viuda y su ubicación fija una alerta para todo el pueblo. Desde ese instante, los novios adelantan la despedida tras visitar a sus amadas y buscan otros caminos para retornar a sus hogares o el simple transeúnte nocturno que desanda desviará su ruta. Todo el mundo evita el choque con esas ánimas en pena al decir de algunos conciudadanos.
Resulta un riesgo andar tarde por puntos bien conocidos de famosas apariciones: el callejón de la Academia de Música, la calle Adolfo Ruiz, la de El Carmen, y hasta otra en zancos y caprichosamente vestida de negro allí por Brigadier González y la Avenida. Nadie tiene interés en ver siquiera uno de esos fantasmas, entes de la noche y de las calles pues hasta dicen que están armadas y son capaces de atacar.
Se desconoce en realidad qué busca la viuda o por qué actúa, son muchas las suposiciones: queda la duda si son gentes agazapadas en sitios oscuros para vigilar a un marido escurridizo o quien está aguardando la hora precisa para introducirse en la cama donde espera el calor de una mujer que no es la esposa.
¿Acaso el surgimiento tenga conexión con La Viuda Alegre, la famosa opereta del húngaro Franz Lehar o con los enmascarados del Carnaval de Venecia? No se sabe exactamente cuál fue la primera ni la última acá en Remedios, eso sí, siempre se exhibieron preferentemente con el rostro oculto y envueltas en amplias telas blancas, costumbre o ardid que en pasados tiempos diera buen resultado para ahuyentar a los indeseados.
La viuda, resultó una estampa en calles de la villa, un pretexto o fórmula para atemorizar a los más ingenuos, una realidad convertida en mito, misteriosas visiones disimuladas en oscuros portones y tapadas desde arriba hasta abajo ¡Uy, qué susto!

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REINA DE LA NOCHE
Inexplicablemente en la torre de una de las iglesias de mi pueblo –la del Buenviaje- vive la familia de la reina. Aseguran los más observadores que nunca de día se le puede ver. Sólo privilegia en ocasiones a los más perseverantes cuando es más oscura la noche pero nunca a la misma hora. Entonces lanza su inigualable sonido. Justo en ese momento mi tía y creo que toda la gente piensa o exclama: ¡solavaya! sumado a otros maleficios salidos de las más viejas costumbres heredadas de siglos atrás. Es así como la estiman.
Una noche mi hermano iba por una de aquellas estrechas calles cuando en uno de sus hombros le cayó del cielo un golpe caliente, blandujo, blancuzco; miró sorprendido hacia lo alto y vió en pleno vuelo a la reina, imaginó que le había castigado por andar tan tarde aunque en ese momento ya iba con rumbo a la casa. Fue a partir de ese instante que supe con claridad que aquello provenía de un ser viviente, no de la muerte ni cosa parecida.
Desde entonces me interesé por la reina como nunca antes. Me puse al habla con los trasnochadores, esos que andan por el parque a altas horas. Hubo quienes la maldijeron, otros me hablaron bien: sin inconvenientes ni vacilaciones.
-Es el pájaro más grande que anda en la noche, por esa razón nunca lo verás de día. Está cubierto de plumas blancas y ese estridente chillido para unos y otros, es su verdadero canto. Así me contó el viejo Ferrer y me invitó a observar el campanario con su telescopio a la siguiente noche.
A unas tres cuadras instaló el artefacto de mirar la Luna y otros astros, al enfocar la parte más alta del campanario a penas se podía encuadrar la ventana por la cual debía salir la reina, pasó el tiempo, eran casi las once cuando saltó hasta el borde de la baranda. Fue en ese preciso momento que pude verla en detalles y yo no salía de mi sorpresa, era robusta, su rostro achatado con dos ojillos redondos. Miró hacia todas partes como si estuviera indecisa.
Mi conocido dijo en voz susurrante que ella estudiaba la dirección del viento para disponerse a salir con rumbo próximo al Sur o el Oeste; pero cuando volví a observar, la reina se lanzaba al vacío. Fue un momento indescriptible. Yo no podía salir de mi admiración, y lo más extraordinario se produjo cuando pasó sobre nuestras cabezas lanzando su grito nocturnal, el mismo que eriza a los temerosos pueblerinos.
A la siguiente noche el viejo maestro acabó por descorrer el resto del misterio. Me contó que la reina era ovípara y pertenecía a una variedad de ave milenaria en nuestro suelo, ella tiene otras parientas rapaces más pequeñas pero de costumbres diurnas: el sijú, el cotunto y hasta el cernícalo.
-Mira, esa es nuestra fauna, hay que conocerla y no temerla. Los expertos también han encontrado restos de un ave extinguida que vivió en suelo cubano y que fue mucho mayor que la reina; parece que esta lechusona anduvo por los cielos en tiempos remotos cuando existían animales gigantescos ¿qué te parece? Terminó sonriente cuando nos despedimos.
Para mí nunca pudo ser desde entonces un animalejo o bicho del demonio al decir de los timoratos, tampoco he podido llamarles lechuzas a las lechuzas sino reinas de la noche y cuando oigo su potente canto o las veo pasar como si fuera una silueta blanca por el negro cielo, me digo: ahí va una reina de la noche. Así de sencillo.
TATUAJES OCULTOS
No tengo una idea clara ni precisa, quizás estos dibujos hayan demorado siglos en diseñarse. Tales marcas parecen estar más abajo de la piel, son tatuajes ocultos que existen en mi ser, un privilegio único manifestado pocas ocasiones, ellos aparecen con escozor alérgico en medio del parrandeo.
Recuerdo que desde muy pequeño oí sobre las precauciones que debían guardar las mujeres en estado de gestación, estas no debían taparse el vientre con sus manos cuando la luna estuviese completamente llena y mucho menos si había eclipse, así evitarían que la criatura saliera con las carmelitosas manchas de la luna.
Si la gestante exponía su vientre durante las parrandas de navidad, la criatura podía quedar grabada para siempre bajo la piel. Era conocido aquello como lunares de fuego. Hubo hasta quienes planteaban que las leyendas de la villa se acumulaban en algunas personas, yo estoy en esa última selección.
Producto de tales circunstancias supe que mi padre sería el promotor indiscutible de una extraña reunión de carácter encubierto, pues se daba a comienzos de la segunda mitad del siglo XX. Para la ocasión logró movilizar a personas de las más disímiles creencias y opiniones con el fin de determinar y solucionar el problema.
Por única vez expondrían sus puntos de vista: Fray Pedro, como representante de la Iglesia Católica; Julio Rojo y María La Isleña, como espiritistas; Julia La Gorda, por la parte afrocubana; Domingo Ferrer, por las llamadas ciencias teosóficas; y el doctor Abelardo González López, como médico, del cual había recibido atenciones desde temprano. Ellos traerían ya sus ideas las cuales debían debatir.
Mi padre agradeció a todos la presencia y les planteó de modo general que se trataba de encontrar una curación para mis manchas. Entre ellos el ambiente se hizo brusco por momentos ante los planteamientos casi agresivos realizados sobre el tema. Yo me sentí muy mal en medio de aquel intercambio de autoridades tan reconocidas. El último en exponer fue Fray Pedro y lo hizo con tremendo rigor, mostrando ideas difíciles de rebatir.
El franciscano comenzó suavemente explicando cómo el problema que nos concitaba tenía una raíz muy distante y se remontó a un maleficio establecido en 1688 por el vicario José González de la Cruz, en respuesta de condena a los desaires recibidos ante su plan de trasladar la villa para terrenos que le pertenecían. Aquel religioso, aunque natural de Remedios, conocía numerosas leyendas europeas, también dominaba la magia negra y la blanca.
Aquella mañana el fraile contaría que cierto momento la ambición y la incredulidad de la población matizaban una enérgica corriente pues hasta los religiosos entraban en contacto con marinos, contrabandistas, protestantes, gente de toda laya y creencias de todo tipo; entre estos individuos parece que el párroco de aquel momento conoció de hechicerías; ¡sálvanos de ello Dios mío!, dijo, interrumpiendo el relato. Detalló que durante 16 años aquel sacerdote había planteado a sus contemporáneos mudar la villa. Quiso llevarla a una de sus propiedades, finalmente declaró a Remedios pueblo embrujado y desde el púlpito acusó a personas de estar poseídas de demonios.
Fray Pedro indicó que por accidente él había descubierto el libro de los maleficios locales escrito por González de la Cruz y cómo este había aplicado nada menos que la maldición de las 100 patas de grillos, un hechizo que haría efecto en personas propensas a las pasiones festivas. El estigma se lograría reuniendo tal número de patas arrancadas a esos insectos; con todas reunidas en el cuenco de las manos, girar sobre sí en diez vueltas y pronunciar la frase: clava ese clavo, indicando las piernas.
El tan estimado religioso en presencia de todos escenificó la forma en que se había logrado el hechizo. Después de persignarse tres veces volteó sobre sí mismo, levantó la sotana carmelita e indicó hacia sus peludas pantorrillas al repetir el sortilegio. Retornó al asiento y dijo: -Ese daño hará efecto por los siglos de los siglos-. Los presentes quedaron estupefactos.
El niño apasionado por el parrandeo navideño era la víctima; aseguraba el cura que aquello se produjo porque la madre embarazada del pendenciero, señalando hacia mí, habría asistido a la misa del gallo, la del advenimiento del Niño Jesús, y estaría en esa noche de parrandas sobre el sitio exacto donde se realizó la brujería.
Esta es una historia muy lejana, explicó el fraile, pero si el curato descubría el haberles revelado secretos de la Iglesia y lo consideraba pecado mortal, el desliz podía hasta costarle la pena de ser excomulgado. Por esa razón agradeció guardaran el más absoluto silencio. Expuso finalmente la existencia de un solo camino para que el maleficio fuera menor, precisaba tocar mucha música en el interior de la iglesia y para alcanzarlo, él no dejaría de sonar el órgano hasta el último momento de su vida.
El doctor González López para bajar la tensión intercedió hablando de los lunares de sangre o angiomas, malformaciones de vasos sanguíneos que podían ser hasta de origen hereditario; además explicó sobre la trombosis en las piernas, o sea, sangre acumulada y regada que mancha la piel y no se disipa. Entonces para quedar bien con todos, dejó escapar en voz alta cómo mis manchas bien podían señalar que el tatuaje oculto estuviera completado, aceptando con duda sus últimas palabras.
Cuando resuenan las explosiones en medio del resplandor del fuego de la fiesta principal de la villa, brotan mis tatuajes, no queda ni un pedazo de piel sin cubrirse por ellos, siento el escozor, desde ese momento se pueden ver en los brazos y las piernas, la cara, el pecho, por todo el cuerpo dibujos con las más disímiles leyendas remedianas. Sé que la gente cuando me ven tatuado en medio de la parranda pensarán que son tiznes grises y negruzcos de tanta pólvora quemada y adherida en mi cuerpo. Ya con el amanecer la luz del sol los borra. Así sucede todos los años.

TIJERAS EN MANO
¡Cómo crece! –Exclamó mi padre cuando le manifesté deseos de pasar por el barbero-. Y dijo que iríamos a darle una vuelta al primo Aquilino. Me gustaba el paseo porque el salón estaba a varias cuadras de distancia y creía que no había otro en todo Remedios con unas manos tan sedosas como las de aquel hombre.
Así ocurría de vez en cuando porque si no estaba prevista la visita me mandaban a cruzar a la otra acera y ponerme en manos de Heriberto. Pero llegaron días en que no pude ir ni a uno ni al otro. Aquilino decidió quitarse la vida sorprendiendo a toda la familia como siempre ocurre en tales situaciones; con Heriberto me enemisté porque en un bamboleo constante empujaba mi cabeza de un lado a otro; entonces decidí cambiar para el salón de Virgilio, en la misma esquina de Independencia y La Palma, magnífica tijera pero por esa causa había que hacer mucha espera.
Pasó el tiempo y cierto día logré una buena identificación con Juanito quien terminaba su aprendizaje en la barbería de El Gallego, frente al parque Martí, al lado de la farmacia; yo buscaba un barbero que le encontrara la vuelta perfecta al corte de moda entonces y por coincidencia de edades pensé que él sería el indicado pues ya disfrutaba de reconocimiento público como fígaro muy aventajado. En mi cabeza había crecido una mota rocanrolera la cual era motivo de crítica y disgusto familiar; tanto y tanto me dieron que decidí una tarde ir directo al sillón. Entonces no pedí los recortes habituales, fui al extremo.
-Hoy vengo dispuesto a gastarte la tijera, quiero el pelado alemán -le indiqué.
-Pero ¿cómo es eso, a lo militar?- preguntó asombrado. Finalmente se impuso el criterio del cliente y aceptó dar el tremendo desmoche.
La mota tan cuestionada cayó al piso, de ello se encargó la maquinita de mano, después la tijera para completar el arte y estilo cuidadoso de mi amigo. Cuando miré al espejo era otro y al salir del salón el aire que corría me enfrió el cráneo, entonces dije para mis adentros: ahora vendrán nuevas críticas.
-¿Y eso por qué?- preguntaban con asombro señalando hacia mi cabeza. En verdad el impacto era tremendo.
-Cosas del verano, para refrescar- solo atinaba yo a responder. Reamente no sé si sentían pena por la mota y sus asociadas, las patillas.
Entonces pensé: “Esto voy a celebrarlo, mañana me haré una foto de recuerdo”. Y así sucedió.
Con los meses volvió a crecer el monte sobre mi cabeza, ahora reducido por los recortes tradicionales con que Juanito seguía amoldando algunos de los remolinos que siempre han sido mis acompañantes.
Cierto día la vida no le dio para más a Juanito, su tijera pasó a la historia de Remedios; a cambio sus clientes contaremos agradecidos la maestría de sus cortes, de su franca sonrisa, la naturalidad de su amistoso carácter. Sabidurías que se exigía a sí mismo y las practicaba sillón por medio.

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