La programación de TV y radio: De todo como en botica, aunque predomina la crítica

Dos caras y varios males de fondo

Antonio Fagundes (Juvenal Antena) y Sheron Menezes (Solange), dos de los protagonistas de Dos caras. Foto: Internet

Si bien la telenovela de turno brasileña Dos caras alude a temas controversiales, cada uno de estos complejos asuntos es simplificado, mostrado con enorme superficialidad, y a veces desde una perspectiva bastante reaccionaria

Joel del Río
digital@juventudrebelde.cu
8 de Agosto del 2015 22:06:53 CDT

Como en toda telenovela de corte folletinesco, con pretensiones de reflejar en algunos matices el mapa psicosocial de una nación, Dos caras (2007, dirigida por Wolf Maya y escrita por Aguinaldo Silva) se estructura sobre la dinámica de acción y reacción entre buenos y malos, blancos y negros, favela y condominio, ignorantes e ilustrados, mujeres y hombres. Mediante la imprescindible insistencia en las mayores estrellas televisivas del país, y a través del despliegue tecnológico-profesional de Rede Globo, se manipulan algunos estereotipos racistas, sexistas y populistas.

Porque si bien Dos caras alude a temas tan controversiales como la vida en los barrios periféricos —perjudicada por el avance indiscriminado de las empresas capitalistas y la especulación inmobiliaria—, o se refiere de soslayo a los movimientos estudiantiles y al crimen organizado, cada uno de estos complejos asuntos es simplificado, mostrado con enorme superficialidad, y a veces desde una perspectiva bastante reaccionaria.

Rede Globo gastó tres millones de reales en construir esta favela escenográfica (un portento de detalle, observación y funcionalidad dramática). Quienes viven allí suelen ser pobres, ingenuos, sensuales, inseguros, holgazanes y viciosos. Son tan inútiles y pueriles que precisan la mano dura de un polémico caudillo, al mismo tiempo déspota y humanista.

Antonio Fagundes hace de Juvenal Antena (en una de las mejores actuaciones que le hayamos visto), quien se encarga de regir los destinos de la favela y mantener tranquilos a los pobres, en el lugar que la sociedad les reservó. Juvenal comanda un grupo de hombres armados que impide el predominio del crimen organizado en «su» favela, en abierta alusión al complejo problema de las llamadas Milicias, que aterrorizan los barrios pobres cariocas en la misma medida que la represión policial o el tráfico de drogas (por suerte existen filmes como Tropa de élite o Ciudad de Dios, para comprender mejor estos fenómenos).

La mentalidad reaccionaria asoma también en el modo en que está presentado Rudolf, el estudiante negro que preside el gremio estudiantil. Es un fantoche que defiende los extremismos más descabellados e irresponsables, muy fáciles de minimizar por quienes ocupan posiciones de poder, es decir, la rubicunda dueña de la universidad y su amante rector, ambos siempre asertivos, racionales y, por supuesto, cordiales, glamorosos y fotogénicos. Aguinaldo Silva y la Globo colocaron el tremendo poder de convocatoria de la telenovela para tratar de descalificar, a los ojos de la mayoría, el papel de la juventud inconforme ante los enormes problemas de exclusión en la educación superior de varios países de América Latina.

El lado burgués está visto con menor esquematismo y mayor soltura. A pesar de que el villano (Marconi Ferraço, interpretado con bastante rigidez por Dalton Vigh) se atiene a la pose del malo de vodevil, el escritor le regala la atenuante de una niñez calamitosa, y la aparatosa redención mediante el arrepentimiento. Pero como las telenovelas necesitan un malo malísimo queda en la retaguardia la elegante, posesiva e histérica Silvia (Alinne Moraes) con todas las papeletas compradas para caminar directo al infierno. Su madre, Blanca, es la potentada viuda dueña de la universidad (simpatiquísima y monocorde, como siempre, Suzana Vieira).

Blanca es víctima de «caprichosas» demandas estudiantiles y de profesores oportunistas u holgazanes. Nunca le tiembla la mano para acudir a la represión policial y restablecer «la ley y el orden», porque solo a mamporazos se resuelven las demandas sociales, ridiculizadas por la telenovela, o reflejadas como el desafuero de delincuentes juveniles. A su lado está José Wilker, quien abandona sus papeles habituales de pillo para encarnar al rector Macieira, el intelectual exiliado en París, que regresa a su tierra para defender las posturas liberales de los magnates e impregnar la universidad de una lógica más plural, entiéndase más empresarial y mercantil.

Y otra de las grandes intérpretes del cine y la televisión de Brasil, Marilia Pera, se encarga de llevar adelante la mejor actuación de la telenovela, por lo distanciado y farsesco, en el papel de la irónica, refinada y altruista Gioconda, el personaje a quien el escritor le confió la capacidad para crecerse por encima de sus prejuicios de clase y raza. Además, Gioconda es la madraza de un par de hijos díscolos, quienes le dan el disgusto de interesarse por parejas de color oscuro. La actriz se burla todo el tiempo de su personaje, sin que pierda autenticidad su retrato humano.

Entre pobres y ricos se desplaza la infeliz María Paula asumida por Marjorie Estiano, quien trata de salvar un personaje predestinado a cometer errores que le permitan al escritor desarrollar enredos casi absurdos a lo largo de decenas y decenas de capítulos. Ella prácticamente regala su fortuna al primero que pasa, y toda la novela está concebida a partir de la megaingenuidad, ultrabobería de esta muchacha; primero incauta, y luego consagrada a orquestar cuidadosas estrategias vengativas que, se supone, nos mantengan atentos hasta el final. Como si no bastara con un mínimo de entrenamiento telenovelero para darse cuenta de que María Paula siempre ha padecido de un síndrome masoquista, y está «muerta» con el estirado de Ferraço, antes y después de una ridícula cirugía plástica que apenas le cambió el rostro más allá de la barba. Bastaba con afeitarse.

Entre la pobreza y la fortuna súbitamente adquirida, se mueve la luchadora Célia Mara, vestida por Renata Sorrah en uno de sus desempeños menos radiantes, porque el guión le asigna mayormente la única función de molestar a su antagonista Blanca. Brasil entero adoró los enfrentamientos ficticios de las dos actrices en Señora del destino, y el escritor simplemente suministra más de lo mismo.

El interés creciente que van cobrando los personajes y situaciones encargados al elenco todos-estrellas de duetos actorales como Sorrah-Vieira, Antonio Fagundes y Lázaro Ramos, o Marilia Pera y Débora Falabella (esta última mucho más natural y creíble en el papel de Julia que en sus anteriores Niña moza y Avenida Brasil) eclipsa el tremendo convencionalismo y escaso brillo de la pareja principal María Paula-Ferraço. Recuérdese que salvo excepciones y cambios de última hora, los escritores estelares brasileños escriben cada papel teniendo en mente las posibilidades y el talento del actor o actriz que lo va a interpretar.

Antes de convertirse en uno de los guionistas más famosos de la telenovela brasileña (Roque Santeiro, en coautoría con Dias Gomes en 1985; Vale todo, junto a Gilberto Braga en 1988; la exitosísima Señora del destino, en 2004), Silva trabajó, en los años de la dictadura militar, como reportero policial para la televisión y se destacó por su encono periodístico en contra de las luchas de izquierda. El escritor también ha confesado que se inspiró en ciertos pasajes de la vida de José Dirceu de Oliveira e Silva, político y abogado, jefe del Gabinete Civil durante la presidencia de Lula, para construir el personaje de Adalberto-Marconi en Dos caras. Dirceu debió renunciar por acusaciones de corrupción y fue sustituido en el cargo por Dilma Rousseff.

Según el autor, Brasil será salvado (¿?) del racismo y la desigualdad, mediante el emparejamiento transclasista e interracial. Por solo mencionar los personajes principales, la interracialidad se aclama en las parejas de Julia (Débora Falabella) y Evilásio (formidable como siempre Lázaro Ramos), Sabrina (Cris Vianna) y Barretinho (Dudu Azevedo), Solange (Sheron Menezes) y Claudius (Caco Ciocler) o Ramona (Marcela Barroso) y Rudolf (Diogo Almeida), quienes consiguen vencer, a golpe de amor, prejuicios raciales, culturales y clasistas.

Porque el guionista sobrevalora la importancia de la sensualidad y el romance (hay abundantes escenas de cama, prostitutas, tríos, homosexuales fingidos y reales, lujuria por doquier entre parejas de todos tipos y colores) y de este modo apela al lugar común del hedonismo brasileño, construcción ideológica, generalización esquemática que esgrimen algunos interesados en desconocer otras complejidades. De modo que Dos caras insiste hasta la propaganda indiscriminada en explicar el mestizaje y enfatizarlo cual tácita solución a numerosos y muy diversos males.

No obstante, estamos frente a uno de los intentos más abarcadores de la telenovela brasileña por mostrar diversos rostros de una realidad. Hay nada menos que 50 personajes con texto, sin contar el elenco de apoyo y de figuración, todo el tiempo ayudado por una escenografía y vestuario que mucho contribuye con el verismo. Y aunque los habitantes de la periferia se muestren con paternalismo displicente, colocando bajo el mismo rasero burlón a los alcohólicos, las prostitutas y los fanáticos religiosos, a ratos la telenovela acierta por la cálida celebración de la cultura popular mediante, por ejemplo, el carnaval o las escuelas de samba, mientras que, por otro lado, se exalta el papel de la educación y la cultura en la superación personal. Ambas tendencias confluyen, a veces, en un solo personaje como el de Gislaine (Juliana Alves) quien además de bailar, estudiar y luchar contra el tráfico humano, evidencia el prejuicio racial inverso cuando llama a su cuñada «blanquita anoréxica».

Al igual que en la mayor parte de las telenovelas brasileñas, Dos caras presenta el racismo en tanto un problema individual padecido, sobre todo, por los ricos, blancos y malos, y se confirma el mito de la democracia racial mediante la presentación de relaciones armónicas entre personas de diversas razas y condiciones sociales. Porque jamás se evidencian las dificultades reales de los negros para entrar en el mercado del trabajo, o para insertarse en la vida política y universitaria. Ni tampoco aparece ninguna familia de negros de clase media, con lo cual se refuerza el estereotipo de subalternidad para los afrodescendientes.

El único caso de ascenso social es el de Morena, una prostituta convertida luego en Condessa Finzi-Contini, de modo que, en última instancia, la telenovela atenúa la denuncia sobre el infamante tráfico de personas, en tanto la muchacha consiguió «empoderarse» mediante el casamiento con un viejo rico.

Claro que es difícil cuestionar los antivalores y las manipulaciones de la telenovela cuando la trama está llena de golpes de impacto, giros sorprendentes, hábil manejo del folletín electrónico, la banda sonora nos envuelve con maravillas como Oração ao Tempo, de Caetano Veloso, o Canto de Oxum, de Maria Bethânia, y todo el producto está concebido desde una visualidad admirable. Pero me parece un disparate hablar de la obra de Aguinaldo Silva en tanto «teledramaturgia realista» y «retrato matizado de la idiosincrasia brasileña», como he podido leer en algunos medios, cuando lo que aparece en pantalla es el pintoresco intento de vigorizar antiguos clichés y monótonos prejuicios. Es importante reconocerlos, aunque luego permanezcamos ciento y pico de capítulos amarrados por la trama, metidos en la favela, curioseando en las vidas ajenas. (Tomado de Juventud Rebelde)

 

TV estival, grandes esfuerzos y desaciertos

Análisis de lo que la Televisión Cubana nos propone este verano en materia de “programas estelares”…

TV estival, grandes esfuerzos y desaciertosLa programación de la televisión cubana carece de propuestas innovadoras y atractivas. (Televisión Cubana)

Octavio Fermín Borges Pérez

Complacer todos los gustos raya en lo imposible y hay que agradece a la Televisión Cubana el esfuerzo que hace cada verano para ofrecer una programación variada diseñada para la mayoría de los públicos, pero una y otra vez se recienten los programas en los horarios estelares con fórmulas manidas, cuando todos esperan lo mejor de lo mejor.

Sin pretensiones de sentar cátedra, solo como opinión muy personal y, por tanto, tan cuestionable como cualquiera de cualquier hijo de vecino, vayamos paso a paso analizando lo que en este verano se nos propone.

Con más pretensiones que resultados, el espectacular Megasábado nos deja con las ganas de ver algo fresco, novedoso. Parecería que el tiempo no ha pasado y estamos de nuevo en los años 50 del siglo anterior, cuando los magnates televisivos estadounidenses acuñaron, al parecer, una fórmula inamovible. Grandilocuentes, estas dos horas, que deberían ser una gran fiesta, no pasa de ser otro más de los muchos intentos de ofrecer en vivo un espacio para el disfrute y la oportunidad de ponerse al día con lo que ocurre musicalmente en Cuba.

La novela cubana, los sábados, en muchos hogares se convierte en una suerte de concurso para adivinar el bocadillo que, lleno de lugares comunes, un personaje va a decir; para comprobar el marcado desbalance de las actuaciones entre avezadas actrices que contrastan con la cohorte de neófitos, quienes salen muy mal parados ante tamaño desafío; y para ver tramas que, si bien son el pan nuestro de cada día, se presentan con tal falta de encanto que a muy pocos seducen.

La película del sábado, que cuando comenzó la mayoría esperaba y creó un público ávido, ahora la pasan casi a media noche cuando uno ya está agotado y no sé que maleficio existe, pero en muy pocas ocasiones resulta algo interesante.

En fin, la noche de sábado en la televisión más parece un trago de purgante que una oportunidad para distenderse y disfrutar.

En otros espacios de la semana, como el esperado humorístico, ya llueve sobre mojado. Parecería que Antolín el Pichón es el único humorista en Cuba y No quiero llanto es todo lo contrario de lo que su título propone, porque lágrimas a torrentes hay que derramar ante tamaña colección de astracanadas, buen gusto en solfa y dudosa bis cómica.

Bien que el gusto personal determina en las opiniones, pero debía democratizarse la propuesta y dar oportunidades a otros humoristas, que los hay y excelentes, como Omar Franco, Osvaldo Doimeadiós o Luis Silva, por solo mencionar algunos.

Quien tenga acceso a Internet lo remito a que consulten los comentarios que cuelgan los internautas en los textos que Cubasí, Cubdebate y otros medios digitales cubanos que han publicado acerca de la programación televisiva de verano; a pesar de que los consulté todos, no encontré un solo comentario que fuera favorable.

Los directivos de la TV cubana debieran leerlos, porque más allá de excesos, a veces tocando la crueldad, es sintomática la desaprobación generalizada ante un gran esfuerzo y el gasto de considerables recursos. Al parecer existe una impermeabilidad al paso de nuevos talentos, guionistas con ideas frescas y otras muchas propuestas que deberían tenerse en cuenta.

La programación de Verano en Cuba contempla los cinco canales de alcance nacional. De ellos, Cubavisión y Multivisión tienen 24 horas, mientras que Telerebelde y los canales educativos tienen una programación que oscila entre 15 y 16 horas diarias

(Tomado de Cubahora)

Y este me llegó por e-mail:

Desaparece Alegrías de sobremesa. ¡Qué gente, caballero…!

Por: Mario Vizcaíno Serrat

Acostumbrados a una dosis de buen humor radial dos veces al día
durante 50 años, los cubanos están ante el peligro de ver desaparecer
el programa Alegrías de sobremesa si su escritor, Alberto Luberta, no
encuentra quien lo sustituya cuando escriba el último libreto de su
magnífico espacio. Y está resuelto a terminar porque considera agotado
el programa. “Hemos tenido muchas fallas. Murió Aida Isalbe, Michel
Labarta está en España, Hilario Peña viaja mucho, Mario (Limonta)
andaba por Los Ángeles, Diana Rosa Suárez estuvo un mes en Estados
Unidos. Una situación que me tiene loco porque no tengo reparto. Y no
quiero meter más personajes”.

Con 68 años de labor radial, iniciada con 17 años el 1 de julio de
1947 en la CMQ de Prado y Monte, y ante la probabilidad de que no
aparezca un escritor para el programa que mucha gente llama todavía de
Rita y Paco –el matrimonio legendario del espacio–, Luberta desea
concluir ahora que está lúcido “para que la gente recuerde bien a
Alegrías de sobremesa, y eso tiene que ser antes de que yo empiece a
hacer churros”. De todos modos ha tranquilizado a la dirección de
Radio Progreso al asegurarle que escribirá hasta que aparezca quien lo
reemplace.

Sin embargo, Luberta no espera por los “mecanismos” y ha salido a
gestionar las cosas. Lo más inteligente fue pasar “la pelota” al
Centro Promotor del humor, cuyo director, el actor Kike Quiñones,
quejoso por la apatía con que han asumido el asunto Alegrías de
sobremesa, ofreció la solución que está en sus manos: poner a Luberta
delante de los escritores de humor que el próximo día cuatro se
reunirán en La Habana en medio del Festival Aquelarre, a ver si de
entre ellos emerge la tabla de salvación.

Pero Estelvina se va conmigo

Mientras, Aurora Basnuevo, la actriz más antigua del espacio, se
resiste a ver enterrar el programa que más ha querido en su larga
carrera. “Si me quitan Alegrías de sobremesa me matan, la verdad. Pero
Estelvina se quedará conmigo e irá adonde yo voy porque ella soy yo”,
advierte, con todo el derecho que le concede el haberle propuesto a
Luberta ese personaje, inspirada en una amiga suya. En una multimedia
elaborada a propósito del medio siglo de Alegrías… Basnuevo lo cuenta:
“yo tenía una compañera que me ayudaba, Elsa, es de Manacas y todavía
vive.

Ella era muy coqueta y tenía un forma de hablar y una cosa que cuando
iba a la bodega la gente la tenía que mirar, porque si no la miraban
ella creía que no estaba linda, y tenía una forma de hablar y de mirar
que yo empecé a imitarla. Entonces Mario se lo dijo a Luberta. Oye,
Luberta, Aurora tiene un personaje que le vendría muy bien a Alegrías
de sobremesa. Estaba empezando el programa. Y yo vine y le dije a
Luberta como era el personaje. Le gustó y empecé a trabajarlo.” Más
pausada, la otra actriz viva de Alegrías…, Martha Velazco –Teté, la
chismosa del edificio- acepta, retirada a sus 89 años, la desaparición
del espacio humorístico más antiguo de Cuba, pero lo que no admite es
que no haya quien lo siga escribiendo. “Este es un país de tradición
humorística fuerte. Igual creo que siempre habrá buenos actores que
puedan ir entrando al espacio. Los actores buenos escasean en todas
partes, pero hay que buscarlos”, asegura.

Dime que no es verdad

Si el fin de Un domingo con Rosillo, en julio de 2013, significó un
vacío para miles de oyentes asiduos, la salida del aire de Alegrías de
sobremesa será quizás el batacazo más duro para miles de familias que
sienten ese programa como algo que les pertenece y no conciben
perderlo. Para el actor y comediante Octavio Rodríguez Fernández
(Churrisco), sobrino de Leopoldo Fernández (el Tres Patines de La
Tremenda Corte), será difícil acostumbrarse a la pérdida de Alegrías
de sobremesa. “Hemos vivido los cubanos muchos años con alegría,
incluso en algunos años que no había sobremesa. Será difícil que
después de las 12 yo no escuche a Estelvina decir ¡Qué aire más puro!
¡Qué vida más sana! o no recuerde a Rita: ¡Qué gente, caballero, pero
qué gente!”

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