Cuba no es un país normal

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Cuba es un país atípico pero ¿debería aspirar a ser normal? ¿Qué es un país normal en América Latina? Quizás el objetivo sea ser extraordinarios.
Una noche intenté enamorar una chica europea en la bahía de Matanzas. Caminando por la arena, con los pies descalzos, me dice: “en España estaría preocupada de pincharme con la aguja de un adicto, no se puede hacer esto”. Entonces le hablé de nuestra tranquilidad ciudadana y cómo esto contradecía la imagen que ella tenía de Cuba, en realidad nunca fui bueno bajando muela. Esa noche me llevé varias victorias y una de ellas fue convencerla de que lo normal está sobreestimado, toca ser extraordinarios.
Si le preguntas a muchos cubanos qué quisieran tener, te dirían que lo normal: comida rápida, Internet y básicamente todo lo que ven en las películas de Hollywood. Si hacemos el mismo experimento con un dominicano, un guatemalteco o un salvadoreño, fácilmente responderá mencionando educación, salud pública y otras cosas que ya tenemos en Cuba. Las aspiraciones pueden ser muy distintas, por lo general los seres humanos damos por sentado lo ya alcanzado.
Hoy somos un país atípico
 Esta islita tiene cosas “anormales”, algunas maravillosas y otras lamentables. Nacer y estudiar en Cuba es algo bello, te formas en una sociedad saludable donde recibes una preparación al nivel del primer mundo, ¿y entonces? Somos una fábrica de profesionales que han educado medio planeta, han informatizado América Latina y los continuamos exportando por decenas de miles, la mayoría sin regreso hasta el momento. Una vez graduados de la universidad, no tenemos con qué pagarles, no sabemos qué hacer con ellos. Es lamentable y ya casi nos parece normal.
Recuerdo a mi amigo Otto, que estudió física nuclear y al graduarse estuvo haciendo rayos X en un hospital, nunca me atreví a criticarle su decisión de marcharse a Europa.
Situaciones como esta son tristes, hipotecan el futuro pero no son definitivas. Lo importante es encaminarnos hacia una construcción que permita el desarrollo nacional y quizás un día veamos muchos de los emigrados regresar. Si queremos ser un país normal, habría que ver cuáles son los criterios de esa supuesta normalidad, si queremos ser Suecia, Uruguay o República Dominicana. En lo personal, preferiría no ser ninguno sino nosotros mismos, en un camino socialista que amplíe sus bases democráticas.
Lo normal en la región es el narcotráfico, la corrupción desfachatada (la nuestra es más sutil, aunque preferiría que no tuviéramos ninguna), el pandillismo, los altos niveles de violencia y una brecha social que haría la nuestra palidecer de vergüenza. Ese no puede ser el rumbo a tomar, aunque algunos incautos con tal de comer en McDonald se lancen allí irresponsablemente. Cuba debe salvar sus conquistas y encaminarse urgentemente a lograr otras.
Lo normal en Cuba también es tener que conectarse a Internet en un parque público, recibir mal servicio en casi todos los establecimientos que no son a precios astronómicos, irritarse con el transporte público, frustrarse con los funcionarios públicos que no rinden cuenta de su gestión (que son todos) y aún así comprar el periódico con la esperanza de que la prensa empiece a cambiar ese día. Estas son algunas de las cosas que evitan seamos ese país extraordinario, al que nos trataron de conducir Martí, Mella, Guiteras, el Che.
Hoy somos un país atípico. Nadie que se haya enfrentado a Estados Unidos durante tanto tiempo podría evitar replegarse hacia trincheras inmóviles. Nadie que herede un pasado colonial de corrupción y mala administración puede evitar sus propios errores. Y aún así conservamos varios indicadores a la altura del primer mundo, mantenemos una soberanía que ha costado carísima y nadie más en este continente puede ostentar.
Tenemos mucho de extraordinario. Tanto es así que una chica española, después de criticarnos fuertemente, lo reconoce esa madrugada en la playa, inconscientemente. Y sin que ella se de cuenta a uno se le hincha el pecho y todo lo demás desaparece durante un rato. Cuba no es un país normal, por suerte y por mucho que nos cueste.

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(Tomado de

El Toque – Harold Cardenas
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