Crisis Existenciales

Por: Amelia Díaz

 

Estoy estancada, no, paralizada y si sigo solo escribiendo sin mover ni un dedo para cambiar mi situación, agazapada en mi estrecha zona de confort, la vida va a acabar aplastándome como tantas veces ha hecho y sigue haciendo con otros y conmigo, en la comitiva.

Si parodio un poco el poema de Pablo Neruda “Vivir”, no estoy viviendo cuando realmente soy incapaz de voltear la mesa y conformarme con seguir día tras día en este tedio laboral, encerrada entre estas cuatro paredes esperando a que las manecillas del reloj se arrastren hasta rozar las cinco y como una autómata hacer exactamente lo que hago día tras día. Odio mi trabajo, felices los que no miran para el extremo inferior derecho de su Pc viendo como los números digitales van cambiando, esperando   ver al que no llega, al que demora en aparecer.

Estoy justamente en el mismo lugar que hace siete años atrás o peor, porque ahora estoy resentida, llena de amargura y tragada por la desidia. El tiempo indetenible siguiendo su curso, haciendo caso omiso a que  viva para esperar el final de la jornada de trabajo y repetir mi ritual de vida. Es que soy tan predecible!!

Miro a un lado y al otro, eso debo decir a mi favor (al menos muevo la cabeza), y no encuentro un asidero, me tiene paralizada el miedo a lo que me espera fuera de este aparentemente refugio, un refugio que me está apagando poco a poco, me comparo con un trozo de vela expuesto al embate de un fuerte viento, ella sabe que se va a apagar pero no puede hacer nada. Mis crisis existenciales como yo las llamo son como las mareas, van y vienen, un período arriba y otro muy abajo y creo que esa es la causa por la que sigo dando los mismos pasos, poniendo un pie delante del otro sin desviarme ni un milímetro del camino que yo misma me tracé y que me impide de una vez por todas dar el paso definitivo.

El  miedo es el opio de los pueblos, no la religión, nos manipula y avasalla a su antojo, convirtiéndonos en títeres en sus manos y en mi caso particular tengo miedo a la edad, al fracaso, a la inactividad, a las enfermedades, le tengo miedo al miedo, y mientras no derribe ese muro construido  durante  muchos años por episodios  de inseguridades, de falta de valor, de fuerza, solo tendré esta posibilidad: escribir mi miedo en un pedazo de papel y de ahí nada más.

¿Cuándo me convertí en esto? ¿Dónde quedó mi empuje, mis recursos? No tengo la menor idea, al menos sé algo: que no quiero estar así.

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