SOBRE LOS AÑOS CAMINO

Por: Alberto Enrique

Un hombre entrado en años aseguraba que cada persona era igual a un
libro, pues si uno lograba conocer la historia de su vida o su
anecdotario podían hasta parecer sorprendentes las ideas expuestas.
Ese pensamiento nunca me abandonó, por esa razón abroché los zapatos y
dispuse el andar.
Cruzaré la Habana Vieja por ese caudal de gente llamado calle del
Obispo y voy desde el Parque Central hasta la Plaza de Armas. Ando
como un desconocido porque mi intención no es hablar con Juan ni
Pablo, María ni Yaquelín. Quiero descubrir algunas de las páginas del
libro escrito por esta palpitante ciudad de 500 años.
Ya sé. Hablaré con las plazas y los muros de las casas, nada más elocuente.
Me cuentan cómo los fundadores se albergaron en viviendas de techo de
guano, a la usanza indígena, después todo iría cambiando porque La
Habana se hizo una ciudad cosmopolita. Miles de marineros y
comerciantes pasaban meses aquí haciendo tiempo hasta que las
embarcaciones ya reunidas provenientes del continente trasladaban
riquezas fuesen metálicas, cueros, maderas… se lo llevaban todo hacia
la Península.
Por aquel entonces crecería la villa en dos direcciones contrapuestas:
la que va desde el núcleo principal, la Plaza de Armas, y se extendía
por una zona comercial que llegaba hasta  la Plaza Nueva.
En el otro sentido, y aún subsiste el lugar  que le llaman Callejón
del Chorro donde se facilitaba el abasto de agua a las embarcaciones,
en ese tramo se alzó un barrio elegante, exclusivista y surgiría la
Plaza de la Catedral, esta última desplazaría entonces al convento de
San Francisco en la jerarquía eclesiástica.
La nobleza criolla y los ricachones en aquel momento reconstruyeron
las primitivas edificaciones de muros de piedra y le sumaban otro piso
alto, enalteciendo la villa con palacios y palacetes de patios
centrales y columnas. Pero un golpe tremendo ocurrió cuando La Habana
fue atacada por la Corona Británica, a pesar de poseer un trío de
castillos para la defensa de piratas o invasiones militares enemigas,
en aquellos días se estremecieron los cimientos de la capital toda.
Ah,  después añadieron  un cinturón defensivo amurallado con portones
para entrar o salir, el cual rodearía todo su exterior convirtiéndola
en una ciudad feudal. Bueno,  aquel espacio lo llenaron de casas,
calles, iglesias, nuevos parques, plazas y paseos.
Aquel núcleo histórico guarda aún en sus muros las mismas piedras
originales. Las casas nos cuentan infinidad de historias. Hay paredes
capaces de describir las familias que entre ellas vivieron, y son
millares de personas. Nos dicen cómo eran, a qué se dedicaban, sus
inquietudes, cuando estaban alegres o la amargura se ensañaba en
algunos de los moradores.
Vale puntualizar que el estilo constructivo se iba modernizando con el
arribo a Cuba de nuevos conceptos y estilos. Vinieron canteros,
albañiles y carpinteros llegados de la península ibérica o de origen
francés, quienes se encargaron de remozar las edificaciones. Empezaron
a surgir las casonas señoriales, balconaduras y ventanales con
balaustradas de madera y más adelante sustituidas por el hierro
forjado, arcos de medio punto, vitrales…
Le aseguro que ese aire colonial suma ahora cinco siglos, lo dice en
detalles el libro escrito por La Habana. Disfrútelo.

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