Descendientes japoneses en Cuba, patrimonio intangible pero real

Por el aniversario 120 de la llegada de los primeros inmigrantes nipones a la Isla, se ha desarrollado un amplio programa. Los profundos vínculos van más allá de las actividades culturales

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Fotos: YASSET LLERENA

Sayuri Yoshida ha venido a engrosar la nueva línea de la emigración japonesa en Cuba.

Sayuri Yoshida ha venido a engrosar la nueva línea de la emigración japonesa en Cuba.

Mitad cubana mitad japonesa, y depositaria de una herencia genética de primera generación, el caso de Sayu Domínguez Yoshida es algo infrecuente en Cuba, porque en la actualidad el legado nipón es, en su mayoría, de tercera y cuarta descendencias. Esta niña de 10 años nació de la compenetración cultural entre su padre, el pintor Nelson Domínguez, y su madre, Sayuri Yoshida, quien actúa como una cubana más.

Oriunda de Tokio, la joven mujer vino hace 12 años con el sueño de regalarles a los cubanos unos 10 mil ejemplares de un libro suyo sobre Hiroshima y Nagasaki. Tanto le gustaron nuestros hábitos y calor humano que decidió hacer el mismo proyecto pero a la inversa: escribir sobre la realidad cubana y mostrársela a su pueblo. Cuando andaba en las tareas de búsqueda de información sobre la mayor de las Antillas conoció a quien luego fuese su compañero sentimental. Se enamoraron, unieron y tuvieron una hija, cuyo nombre identifica su sencillo y barato restaurante de comida japonesa en pleno corazón de La Habana Vieja.

La singular anécdota avivó la curiosidad de esta reportera, quien salió en busca de otras huellas de la comunidad “japonesa” en Cuba, de la que BOHEMIA constató su activismo y reverencia hacia sus antepasados.

Un siglo y dos décadas de mestizaje

Al finalizar el shogunato (régimen liderado por un shogún o señor feudal), en 1868, la nación asiática comienza un proceso de apertura hacia el exterior, lo cual propició un incremento de las salidas mucho más lejos del habitual perímetro marítimo que rodea a las islas del archipiélago de Japón. Con la modernización, las naves se construyeron mejor y el comercio expandió sus alas. De este proceso renovador también se beneficiaron las personas sencillas, esperanzadas de fortuna y mejor vida.

Con ese impulso, muchos hombres solteros deciden probar suerte en América Latina: Brasil y México encabezaron las preferencias. Desde suelo azteca “brincaron” cientos a Cuba, en 1898, casi al término de la guerra libertaria contra España. La expansión japonesa fue muy amplia y así como su expresión en la tierra caribeña, por lo que nos llegaron inmigrantes de lugares tan diversos como Okinawa, Kagoshima, Kumamoto, Fukuoka, Hiroshima, Nagano, Niigata, Fukushima y Miyagi.

La abuela Kame le enseñó a valorar las tradiciones, compromiso mantenido por Julieta Fonte Iha.

La abuela Kame le enseñó a valorar las tradiciones, compromiso mantenido por Julieta Fonte Iha.

Estos pioneros de la “colonización” nipona no formaron parte de ningún programa de asentamiento agrícola, de modo que al no tener que concentrarse en un solo punto se diseminaron por todo el territorio nacional. Más tarde, en 1914, se formó una asociación de agricultores japoneses en Constancia, en la provincia de Cienfuegos. Después, en la década del 20, hubo otra gran oleada que se asentó en la antigua Isla de Pinos, hoy de la Juventud. Ya la soledad había quedado atrás, porque la inmensa mayoría de los solteros contrajeron nupcias con cubanas y formaron familias básicamente de dos o tres hijos, a los cuales se les sigue llamando nikkei (en japonés descendiente).

Las nuevas generaciones de “japoneses” cubanos se beneficiaron de los logros de nuestra Revolución, la que finalmente premió la voluntad y el ingenio de los asiáticos. Cómputos de 2018 han establecido que hoy en Cuba hay mil 150 nikkeis, de unas 113 familias, en todas las provincias, y que conservan los apellidos oriundos.

Se sabe que los agricultores japoneses asentados en Cuba fueron los primeros en utilizar abonos químicos para un mejor rendimiento del campo, debido a que al ser muy pobres tuvieron acceso únicamente a terrenos aparentemente improductivos. Ellos demostraron lo contrario: sus vegetales y frutas eran muy cotizados en el mercado local. Y esa perseverancia se transmitió como un legado cultural a la prole, siendo coherente que, después de 1959, los nikkei se convirtieran en ingenieros, médicos, estomatólogos, juristas o psicólogos.

Los herederos emocionales y espirituales del País del Sol Naciente se encuentran agrupados en la Sociedad de la Colonia Japonesa de la Isla de la Juventud –legalmente constituida en el Ministerio de Justicia– la cual es allí sumamente numerosa, pero también radican en el resto de la isla antillana, desde Pinar del Río hasta Guantánamo, se reúnen periódicamente con fines culturales y patrióticos porque, tal y como relataran a esta revista, ellos tienen un pedacito de Japón pero son muy, muy cubanos, comprometidos con sus luchas y sus proyectos.

Tradición continuada

Cada segundo domingo de noviembre (en simbiosis con el Día de los Fieles Difuntos), en el área del panteón japonés, ubicado en el cementerio de Colón, se congregan todos los descendientes de La Habana y las provincias cercanas, con el respeto como bandera, porque según la filosofía nipona, recordar a los que ya no están es primordial. Unida a esta veneración existe otra peculiaridad muy pragmática y es la de celebrar con alegría la vida; por eso, tras el recogimiento en el camposanto, se dirigen hacia algún lugar para almorzar, reír y recordar vivencias pasadas y planificar el mañana. Algo similar ocurre en la Isla de la Juventud, pero en fecha diferente. Allá el O-bon (ceremonia en la que se hacen ofrendas a los antepasados) lo rememoran el 15 de agosto.

El aniversario 120 de la migración japonesa en la Isla se recordó a través de la exposición Memoria fotográfica de la presencia japonesa en Cuba.

El aniversario 120 de la migración japonesa en la Isla se recordó a través de la exposición Memoria fotográfica de la presencia japonesa en Cuba.

Esta reportera tuvo la oportunidad de conversar con algunos nikkei. Orgullosos dijeron que nunca se han olvidado de esa tradición. Y que incluso en los peores momentos del período especial reverenciaron a sus raíces. Siempre hubo alguna cocinera ingeniosa que preparó las típicas frituras dulces y hasta se hicieron caramelos para los niños.

Este año, y con motivo de conmemorarse el aniversario 120 de la migración japonesa a la mayor de las Antillas, la habanera Casa de Asia, en coordinación con la descendencia nipona, auspició la exposición Memoria fotográfica de la presencia japonesa en Cuba. Muchos de los reunidos el día de la inauguración –el 10 de agosto– mostraron al equipo de BOHEMIA las imágenes, identificando a algún tío, abuelo o abuela. Sí, porque aunque los primeros nipones vinieron solos, luego, a la altura de los años 40 y 50 del siglo pasado, también llegaron matrimonios.

Entonces esta Isla tórrida y hospitalaria tuvo una visión más cabal de las costumbres japonesas. De eso nos contó Julieta Fonte Iha, psicóloga de La Habana, y nikkei de tercera generación. Su abuelo arribó en 1924; cuatro años más tarde llegaría su abuelita, de quien conserva los recuerdos más delicados. Julieta plasmó ese amor en un testimonio que mereció Mención en el Concurso literario De Japón llevo conmigo, efectuado en la capital cubana en honor a la efeméride 120. Esta mujer de 58 años tiene bien grabada la ternura de la abuela Kame, que nunca logró hablar bien el español, por lo que jocosamente ella, una vez adolescente, decía que en su casa se conversaba en “japañol”.

La testimoniante se asombra de que Kame nunca estuviera triste “aunque le sobraban razones: había dejado varios hijos (cinco) en Okinawa, a la espera de una mejor situación económica, y eso nunca sucedió”. A esta señora apacible, sus vecinos la rebautizaron como Rosa, y así la conocían todos los niños del barrio, pendientes de sus regalos de golosinas. De esas recetas se nutre todavía la nieta cubana, que sabe preparar como sus antepasados los deliciosos satandagui, fritura dulce de harina y arroz al estilo okinawense.

La comunidad de descendientes de japoneses en la mayor de las Antillas guarda como un tesoro sus fotos familiares.

La comunidad de descendientes de japoneses en la mayor de las Antillas guarda como un tesoro sus fotos familiares.

La estoica mujer asiática se empleó a fondo para seguir con optimismo, porque en Cuba le habían nacido cuatro hijos más. Satisfacción multiplicada luego con los nietos. Así que Julieta supo de Japón por las fábulas y los cuentos, pero también por las prácticas. Una de ellas consistía en “llamar al viento”. “Mira las hojas de los árboles –le decía la abuela a una Julieta niña–; no se mueven, por eso hay calor”. Entonces conjuraba a los elementos de la naturaleza con un silbido y en esa creencia la pequeña soportaba el fatigoso clima tropical, y la anciana también.

Cercano a los guerrilleros de la Sierra  

La Segunda Guerra Mundial impuso un ritmo y una serie de medidas de seguridad en las naciones contrarias al fascismo y susceptibles de ser atacadas por Alemania, Italia o Japón.  Pero también se cometió crueldad e injusticia: la migración japonesa padeció desde 1942 hasta 1945 los rigores del Presidio Modelo, para extranjeros radicados en Cuba, procedentes de países beligerantes durante la conflagración. Alrededor de 342 japoneses varones, ocho nikkei y tres japonesas supieron de las severidades de la cárcel. Penuria extendida a toda la comunidad nipona de Cuba hasta 1959, cuando el Gobierno Revolucionario restablece las relaciones diplomáticas con el País del Sol Naciente.

Ese renacer político le cambió la vida a un japonés de 94 años que ya solo quiere ser conocido como Marcel Pérez. Llegó desde Fukushima a estas tierras en 1944, huyendo de la Segunda Guerra Mundial, y fue afortunado porque la Policía no lo detectó y logró “bailar en casa del trompo” en la mismísima Isla de Pinos. Lo hizo de varias maneras: en 1954, tras casarse con una japonesa, y con la inquietud juvenil de sus 30 años de edad, estuvo muy al tanto de los acontecimientos nacionales, sabiendo que el pueblo cubano había decidido enfrentar al dictador Fulgencio Batista, que no le simpatizaba.

El verano pasado, el público habanero y los nikkei disfrutaron de un espectacular concierto llegado desde Japón.

El verano pasado, el público habanero y los nikkei disfrutaron de un espectacular concierto llegado desde Japón.

Era agricultor y vivía con austeridad, junto a su mujer e hijo. Trabajaba tesoneramente en unas plantaciones de cítricos cercanas al Presidio Modelo. Cuenta que un día unas muchachas se le acercan para pedirle que les vendiera una gran cantidad de limones. Acción que se repitió muchas veces. Al cabo de un tiempo les regaló una docena: no quiso cobrarles nada. En el invierno de 1959, una mañana en su habitual ruta por Nueva Gerona, cuál no sería su sorpresa al ver a las mismas mujeres pero vestidas de verde olivo. Con asombro les preguntó: “¿Son ustedes rebeldes?”, a lo que ellas respondieron: “Y usted también lo es”. “Yo, pero, si yo no he hecho nada”, recuerda el casi centenario en un testimonio titulado Un japonés se asienta en Cuba.

Tal afirmación recogía la sinceridad del inmigrante, quien estaba lejos de saber que sus limones aportaron la tinta invisible utilizada por Fidel para difundir su alegato de defensa en el juicio del Moncada, La historia me absolverá, primer programa de la Revolución. Así, desde otra trinchera, colaboró este sencillo hombre que solo quiere ser conocido como Marcel Pérez.

A modo de conclusión

Es cierto, la emigración japonesa en Cuba no es muy numerosa ni grandilocuente. Algo en cambio la hace peculiar: está arropada del cariño de quienes, sin dejar de amar a un lejano horizonte, saben que aquí la semilla de su descendencia encuentra el amparo de las instituciones estatales, de la embajada de Japón en Cuba, pero sobre todo de la propia comunidad, la cual está inmersa en multiplicar su herencia, que se constituye en lo fundamental del trabajo paciente, del refinamiento y del orgullo. Milenaria cultura que nos llegó por el mar, en un tiempo ya remoto. Precioso patrimonio intangible, parte de nuestra nacionalidad.

(Tomado de Bohemia Digital)

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