Crónicas de un mozalbete mayor

Por: Alberto Enrique

DE AYER AL MOMENTO ACTUAL
-Dice mi nieto que no se puede vivir anclado en el pasado porque todo
evoluciona ¿Qué tú crees, mi amigo? Dime algo sobre esto.
-Bueno, Mariano, él tiene razón. Claro está, aunque de ese pasado
valdría considerar según sea el asunto a tratar y, es mejor ver, como
dice el refrán: según sea el color a través  del cual se mire. Este
resulta un tema complejo.
-No, Papito, viejo, no me enredes tú tampoco. El otro día veíamos en
la TV un reportaje de un taller de costura. Infinidad de mujeres
cosiendo, y esto me hizo recordar aquel movimiento que se armó para
que en casos como esos se rompiera la monotonía de la jornada laboral;
aunque ya no se practica, desapareció en el tiempo.
-Pero como este muchacho carece de información, se me ocurrió
explicarle los fis-minutos, y le conté del corto tiempo en el cual se
hacían algunos simples ejercicios calistecnicos, allí en el mismo
puesto de trabajo. A él le extraño aquello.
-Dejé rodar los recuerdos y le hablé de otro movimiento, aquel
conocido como LPV, Listos para vencer. Ya estos tenían un carácter más
populares y masivos, grupos de estudiantes y de trabajadores corrían o
hacían ejercicios más complicados, con ganadores y todo.
-Sí, abuelo, pero eso no pertenece a este tiempo-, me respondió y allí
mismo se armó la discusión.
-En voz baja le argumenté que dejar lo útil, lo provechoso es casi
vergonzoso porque son puntos que pierde el movimiento obrero y el
estudiantado, la sociedad en su conjunto. Y allí ripostó él lo de que,
no se podía vivir anclado en el pasado porque todo evolucionaba.
Volví a la carga, entonces le dije: -Cuando era como tú ya supe qué
eran los ejercicios constructivos, esos mismitos que haces para
conformar la musculatura y que a las chiquitas de todos los tiempos
les gusta apreciar en jóvenes robustos y bonitos. Al sumar décadas de
vida encuentras en parques y plazas públicas a las viejitas y viejitos
en tremendo ajetreo, hasta practican taichí y otras variantes, todo
por mantenerse en forma, evitar dolores, buscar salud; eso es
inteligente y tiene un punto que enlaza sin estar anclado en pasado
alguno.
-Bueno, Mariano, veo una continuidad perfecta en tu enfoque, no deja
de existir  un proceso coincidente ¿entonces por qué  hablar de vivir
anclado en el pasado? ¿no sería más provechoso ser más analítico y ver
el desarrollo desde sus raíces? ¿conocer por qué se pierde lo útil y
no retomar de lo vivido? En ese sentido, sí estoy plenamente de
acuerdo contigo- concluía así este interesante intercambio entre
amigos del barrio.

 

¿PODRÁN DEJAR DE OÍRSE?
Me agradaría que no existieran algunas letras en el alfabeto aunque si
faltasen también pudiera ser un descalabro. Sin la A no se pudiera
decir  a-m-o-r  tampoco  a-c-e-r-e; si no hubieran inventado la P, esa
con que se dice  p-a-z, ¿cómo los aceres pudieran dejar de restregar
en la cara de sus propios  padres, de las amistades, de las novias y
las esposas, de los transeúntes y hasta en las conversaciones más
triviales o enérgicas, los tantos  p-e-n-e-s  (en su acepción más
vulgar existente) que emiten por  cualquier calle o hasta en el
interior de sus hogares?
Tal vez se dirían de otro modo. Con una buena licencia idiomática me
daría el gran gustazo compartido por mucha gente de evitar la palabra
G-u-e-r-r-a  aunque los ambiciosos la practicaran de cualquier
forma;      D-o-l-a-r  la que por su causa continúe la desgracia de
tanta gente; y          H-a-m-b-r-e  aunque miríadas la sigan
padeciendo.
¡Ah! parece que no solo es problema de enjuague bucal sino quizás de
acomodo de muchas mentes. Más temprano que tarde dejaré de oírlas,
estoy seguro; Cualquier día de estos dejaré de oír el significado de
las palabras, de todas ellas, pero todavía siento la dicha de imaginar
todo cuanto se me ocurra.
En verdad siento compasión de quienes tengan que continuar
disparándose esas amarguras de ahora, las faltas de respeto y de buen
comportamiento social. Mientras, ¿pudieran hacer algo ustedes?

 

LOS NÚMEROS NO FALLAN
Esto de los promedios matemáticos es fabuloso. Nunca había pensado en
lo que significa la relación latidos del corazón-edad. Me enteré hace
poco que esta querida y compleja bomba ya debe andar en su vaivén por
unos dos mil 500 millones de golpes a lo largo de mis 70 primaveras.
Recuerdo al profesor que nos enseñó muy temprano a elaborar tales
cuentas. Él siempre recalcaba: “los números no fallan” cuando
mostrábamos resultados imprecisos o erróneos. Un razonamiento lógico
es aplicable en todo hasta llegar a certeras y agudas respuestas, tal
vez por ello el médico me hace tomar diuréticos y reguladores del
insistente pum-pum en el medio del pecho y yo lo cumplo. El problema
radica en continuar “estirando la liga”, al decir filosófico de uno de
mis abuelos.
Hay otra cifra curiosa: ¿cuántas veces nos hemos visto en el espejo?
No importa su tamaño o la forma. Hay quienes dicen que resulta el
amigo más constante, aunque planteo yo que a veces es tramposo. Por
ejemplo, me voy a la conocida historia de Blanca Nieves. Su madrastra
creyéndose la mujer más bella y envidiosa consultaba una y otra vez
hasta que su espejo mágico un día le respondió que estaba equivocada.
En tempranas épocas de la vida el espejo juega un importante rol.
¡Cuántas veces hay que mirarse! Si tomamos un promedio de tres
ocasiones al día de por vida llegará a mil cien por año. Reflejada la
imagen en 70 años dará un producto de 76 mil 650 oportunidades o como
dicen los expertos, cerrando la cifra, la cuenta nos dará unas 80 mil
veces ¡quién iba a decirlo!
Aunque parezca un absurdo, lo confieso, le tengo un odio descomunal al
espejo porque ha devenido fotografía obligatoria de cada mañana, me
informa cómo envejezco, resulta el consultante gratuito que no deseo.
Más impacto recibo aún, al saber que los científicos plantean cómo las
células formadoras de todo el cuerpo se van cambiando a lo largo del
tiempo vivido.
Si esto sucede cada semana entonces habrá ocurrido hasta aquí  nada
menos que unas tres mil 640 ocasiones. Renovado, nuevecito, pero dicen
que son copias de quien fui, de ahí la razón del envejecimiento; y no
me digan que en esto haya pensamiento negativista.
Bueno, hubiera sido mejor haber mantenido en el diseño humano algo de
juventud, y se me ocurre tomar la idea fantástica al estilo de Dorian
Gray para que en un retrato de uno vaya a parar la vejez: calvicie,
arrugas, nariz y orejas más grandes de cómo eran… Salvando lo malévolo
del personaje, me comprometería a esconder mi propia imagen erosionada
como para nunca encontrar las transformaciones.
Recuerdo amigos que al saludarse entre sí, alguno haya dicho: “pero,
¡qué viejo te has puesto!”.  Lo han notado porque no se veían en mucho
tiempo. En tanto, mi espejo no se atreve a guardar secretos. Me
aseguran que todo resulta parte de mi proceso natural, pero ¡cómo
detesto el reflejo en el azogue! Aunque no pueda dejar de recurrir a
él cada mañana, la culpable es la barba que le ha dado por salirme
blanca y yo insisto en eliminarla.
Deduzco que esto de los promedios será tarea para los científicos del
futuro. Estos números han de tender siempre una mano o un puente,
ayudarán a establecer o abrir nuevos  caminos. ¿Cómo resolverán sus
aplicaciones o en qué campos servirán? No sé.
¿Acaso el espejo seguirá siendo tan ocurrente o recurrente? A más
vida,  los latidos del corazón han de seguir aumentando ¡seguro!

 

LA CONTAMINACIÓN AMBIENTAL

Este mal que provoca daño a tanta gente, cada vez es más crítico y  se
acentúa en ciertos lugares públicos. De pronto usted va caminando por
uno de esos portales habaneros -en los cuales puso tanto interés en
detallar el escritor Alejo Carpentier- y se encuentra un nauseabundo
olor a orine viejo, reseco; hay otros llenos de vendedores ambulantes
con artículos de dudísima procedencia; también se ven hasta echadores
de cartas -gente de talante raro- de un aspecto poco convencedor de
ser portadores de buena suerte. Todo eso coexiste en estos tiempos sin
restricciones: no se ven autoridades de ninguna índole que pongan coto
a tan deplorable situación.
A la capital acuden pordioseros o deambulantes para decirlo con un
término más edulcorado y actualizado: parecen personas idas de juicio;
con ropas sucias, raídas, ellas y sus portadores pueden llevar largo
rato sin ver agua alguna ¿son personas que han escapado al control de
sus familiares? ¿Y las autoridades o las instituciones de salud y
asistencia social qué hacen ante tanta desdicha?
Otro punto a destacar: los alcohólicos callejeros. A veces se ven en
pequeños grupos  o solos,  tirados a la larga en aceras, portales o
parques. Uno al pasar se pregunta si han dejado de respirar. ¡Qué
tristes imágenes! No obstante, he visto policías de a pie pasar por la
vera de tanta desgracia y siguen sin inmutarse porque parece que ése
no es un problema propio de su atención, o del orden público.
¿Nuestros niños y adolescentes deben acostumbrarse a cuadros tan
contaminados? ¿ver por calles y avenidas a turistas cámara en mano
escudriñando o  llevados por la idea  de que una foto vale más de mil
palabras y buscan  la exclusividad,  por qué no, con intenciones de
dudoso o mal sano proceder?
¿Descuidos? ¡A qué precio!
No creo que vaya a ser considerado todo esto parte del folclor -al
decir de un conocido- ni tampoco aceptar estas amargas pinceladas como
parte de un paisaje real imposible de eludir o modificar a pesar de la
pobreza y las escaseces que padezcamos.  Al decir del poeta: “No somos
una sociedad perfecta”, pero ¿acaso habrá que ver esto donde se ha
ganado tanto terreno?  ¿Cómo entender y asimilar esos entuertos de
contaminación? ¿A quién le corresponde darle el pecho a situaciones
que conviene cambiar?
¿Qué apuntar de estos detalles ahora que la ciudad se apresta para sus 500 años?

 

 

SUEÑO ESPECTACULAR
Anoche tuve un sueño increíble con el mismísimo almirante Cristóbal
Colón. A su paso hacia el occidente tras una breve parada por la
anchurosa bahía de Canímar, los naturales le comentaron que más
adelante encontraría una bahía formidable de estrecha entrada muy
apropiada para proteger sus embarcaciones pues en pocos días habría
mal tiempo según anunciaban los sabios de las nubes y los vientos.
Las naves habían recogido el velamen ya que bordeaban muy próximo a la
costa.   El propósito consistía en apreciar de cerca la hilera de
altos edificios vistos desde el litoral, era pura curiosidad; y
desembarcó de un bote con un corto destacamento. Avanzando le oí
decir: “Rediez, en ninguna sentina cabría tanta basura ni desperdicio
de lo tirado en cualquier esquina de este villorrio”
-Que le llaman Alamar, señor- apunté.
“¿Por qué tal barbaridad?”- cuestionó con energía.
-Señor almirante, a fuer de ser franco, por aquí casi siempre la mar
está picada. Es decir, una organización conocida por Comunales, a
cargo de la recogida de desechos así como mantener la atención a
parques y otros lugares, en ocasiones dice no contar con los medios
necesarios. Usted disculpe este desorden.
“No sé si podré, porque al ver las bellezas encontradas a mi paso me
atreví a decir que ésta era la tierra más hermosa que ojos humanos
hubiesen visto, aunque no había topado todavía con todo esto. Tendría
que excluir este sitio de aquella idea inicial”.
“De cualquier manera, este lugar me ha impresionado con agrado pero me
parece que hay mucho por hacer, solo así alcanzará aquella categoría
planteada antes. Lo dejaré pendiente  hasta mi próximo viaje”,
concluyó con énfasis.
“Ah, gracias por su acompañamiento” –me señaló y echó a andar, ahora
ha de ir con rumbo más al occidente.
Mientras emprendía el retorno hacia las naves vi cómo la brisa movía
su melena y pensé que las soluciones bien pudieran llegar antes que
tarde, y pronto -previo al 500 aniversario de la Villa-, el reparto
Alamar estará también dentro de la categoría de tierra hermosa.
En verdad, mi sueño con Cristóbal Colón ha sido espectacular, una
dicha  ¿No les parece?

 

LO FEO E INDESEABLE
Tras una buena y calurosa caminata al llegar al parque Agramonte
decidí tomar un descanso en un banco situado bajo unos arbustos. Llegó
un hombre que se adentraba ya por la tercera edad y se sentó a mi
lado, de pronto con voz baja me preguntó por qué no abotonaba bien la
camisa, que si era o no de la localidad, y me sugirió que podía
ahorrarme una multa de cinco pesos. Todo ello me dio pie para
puntualizar la razón de una medida tan fuerte en medio de un verano
abrazador.

El hombrecito fue enfático entonces, casi en tono de reproche me
señaló que me encontraba en el mismísimo centro de la ciudad de
Camagüey donde se venera la figura del Bayardo, de quien teníamos
delante su monumento. Medio aturdido por la reprimenda levanté con
cuidado mis manos, abotoné la camisa y le di las gracias. Eso hace más
de 25 años.

Hoy justamente acudió a mi memoria la vehemencia de aquel
planteamiento cuando vi montar al ómnibus  de la Ruta 16 a un joven
sin camisa, sólo un pulóver al hombro como simple carga. Poco rato
después ya en mi barriada capitalina de San Leopoldo, se cruzó conmigo
un hombre que transitaba  la tercera década de existencia: con atuendo
playero, solo short y tenis, la indumentaria apropiada para estar
dentro de casa.

Así les veo tan a menudo que a veces llego a pensar que la moda
invalida el recato, las buenas costumbres, empobrecer la imagen del
buen andar. La presencia de lo correcto parece disociarse e irse por
la pendiente de lo feo.

Plantean los más retrógrados que ya no hay modo de contener tanta
indisciplina social, pero quienes somos positivistas, optimistas,
hablamos de hacer, de vivir en  una ciudad más bella, y aceptamos que
tales embrollos pudieran ser como una ola desordenada con
posibilidades de ensamblarse en aquella idea de Pablo Milanés de que
no somos una sociedad perfecta, muy bien, pero tampoco que no se nos
acaba el tiempo para hacerla mejor, sigamos sembrando lo bueno para
lograr una cosecha de calidad.

Que ¿cómo será el capitalino del futuro? Cada quien sabe y todos por
igual que depende del seno familiar y de la comunidad. Parece llegado
el  momento de la reflexión y el freno ¿Por qué no poner en la picota
pública la moda de lo ridículo, lo feo e indeseable? Gracias a aquel
camagüeyano guardador del aire con que debemos considerar los símbolos
y las buenas costumbres.

 

¿CAMELLOS  EN ÓMNIBUS?
En verdad no sé que nombre darles, eso sí, sus daños son innegables.
He pensado infinidad de veces que estoy frente a un problema de mala
conducta o de comportamiento impropio, de inconciencia.
Si a usted le toca viajar parado dentro de un ómnibus capitalino
buscará un difícil cotejo, apretujado irremediablemente. De pronto
allí dentro aparece un camello como si desfilara en una comparsa
carnavalera, entonces, ¡que un rayo le parta a uno el güiro! Aquel
equipaje cargado a la espalda acabará con todos. Sin miramiento de
ningún tipo intenta cruzar, más bien, se lleva parte de uno en su
gestión de querer también situarse.
Pero no le basta eso, ni siquiera baja el bulto lo parquea apoyado en
la espalda de un sufriente, es así que aparece ahí el camello dentro
del complicadísimo pasillo. Hay quienes también les ha dado por
reconocerlos como mochileros, aunque se sabe que  si este enemigo
público es alto y robusto ¡alabao! El forcejeo es la palabra de orden
y casi siempre sale uno magullado porque no hay espacio pa’tanta gente
o demasiadas cosas. Este personaje por lo general no da ni pide
escusas, ni siquiera dice P’miso. Su paso impetuoso lo sufren todos
los viajeros, sean hombres o mujeres, ancianos o ancianas…
¿La educación social dejó escapar esta pifia? Seguro, porque no les
habrán indicado que una mochila puesta por delante es más manejable.
Los niños y jóvenes que van o regresan de las escuelas en tan
difíciles maneras de moverse dentro de vehículos repletos también ya
van arrasando.
Creo que vivimos en tiempos de estrecheces obligadas y hay que
resolver “a como  dé lugar”, es cierto,  aunque esto de seguir
admitiendo indolentes mochileros o camellos con sus jorobas y todo,
dentro de las guaguas ¡sí que le zumba!

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