EL MALECÓN ¿SERPENTINA O SITIO PERFECTO PARA CONFIDENCIAS?

Por> Alberto Enrique

Al paso por cualquier ciudad del país observo y averiguo quienes
vivieron en esas casas de añosas apariencias porque en buena medida,
sobre muchas de ellas, los vecinos han tejido mil cuentos y son
basamento de la cultura popular cubana con sus leyendas y mitos. Pero
la capital de todos los cubanos, La Habana, llena de gracia y de
historias, posee uno de los bancos más largos construidos por el
hombre, el Malecón.
Es una especie de muralla que bordea el litoral habanero y que
contiene el mar desde el interior de la bahía hasta el río Almendares,
unos catorce kilómetros de largo. Desde comienzos del siglo XX hasta
hoy ha permitido ser uno de los lugares más concurridos: allí acuden
las familias, los enamorados, las amistades, los pescadores de cordel;
y en días de carnaval se viste de alegría y colorido con carrozas y
comparsas. Por sus bondades y extensión bien le valdría aparecer entre
los récords Guinness.
Al compás del desarrollo de la ciudad viaja el Malecón, irrumpe desde
el aspecto más colonial hasta llegar a las edificaciones modernas
levantadas al otro costado porque en su frente están las insistentes
olas marinas. En su evolución cuenta con varios momentos
constructivos: del castillo de la Punta al parque Maceo con el
ventajoso y único paso peatonal subterráneo con que cuenta, también en
la otra vera existen espacios de esparcimiento, finalmente el muro
avanza hasta el Torreón de la Chorrera, castillejo colonial que
formaba parte de la defensa de la ciudad.
En mis tempranos tiempos de paseos infantiles, fui testigo de cómo se
ampliaba el Malecón hasta el río Almendares, para ello demolieron el
Coliseo de los Deportes y levantaron allí el bello hotel Riviera;
surgió el túnel del Vedado, el que cruza por debajo al Rio Almendares
y en sentido contrario el otro que pasa por debajo del canal de
entrada de la bahía; vi también otras edificaciones desde sus
cimientos, las cuales llegaron no solo a ser famosas sino a dar realce
a la ciudad, díganse, los hoteles Habana Libre y el Capri, además el
gigante FOCSA.
La Habana creció y creció, pero el Malecón imperturbable seguiría
hasta hoy haciéndonos más agradable la vida. En definitivas no sé si
es una serpentina carnavalera o el mejor lugar de citas para
enamorados junto al rumor de las olas y el olor a mar que hacen una
delicia para muchos visitantes. Esta vía ofrece una sorpresa tras otra
y nos entrega la posibilidad de caminar, correr, de tomar sol o
disfrutar las estrellas, siempre con la felicidad que regala La
Habana.
En las noches y desde los parques del lado de acá, casi al llegar a la
boca de la bahía, podemos divisar el secular “cañonazo de las nueve”
disparado con exactitud desde la fortaleza de La Cabaña; a la vez, el
constante destello de la farola del castillo de El Morro avisando a
los navegantes el justo lugar de entrada a la ciudad que ahora cumple
medio milenio.
Cada día del año El Malecón nos envuelve con su magia ofreciendo una
caricia inusitada, un paisaje excepcional, un mundo de ensueños,
nuevas experiencias y satisfacciones para beneplácito de los cubanos y
la humanidad.

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