Acojonar a la gente…

Del blog de mi amigo Cordovés.

Caro amico Fredde:
 
Todavía recuerdo el vaso en el que mi abuelo Armando Cordovés tomaba su café con leche de vaca recién ordeñada cada mañana: parecía un florero  y tenía rayas de colores.
 
Lo tomaba comiendo chicharrones con pan de la panadería de Pepe Delgado, mi otro abuelo. O con par de huevos fritos en manteca de cerdo que conservábamos en latas porque entonces no teníamos frigoríficos.
 
O, con una tortilla de sardinas, plato que desde entonces no he vuelto a ver en el mundo.
 
Mi abuelo materno hacía otro tanto en su desayuno, aunque éste tomaba su café con leche en un jarro grande de aluminio con asa.
 
Mis dos abuelos murieron de vejez.
 
Y sus fotos más mis recuerdos me indican que fueron tíos saludables y guapos, que trabajaron como mulos, que hicieron familias numerosísimas y que sus hijos y nietos salieron hombres y mujeres decentes, trabajadores. Sanos. Y de buen ver.
 
De la parte paterna solo queda la tía Elsa y cuando hablamos por IMO todavía parece una chica distinguida pese a sus 90 calendarios, que soporta  con elegancia, dignidad y una linda sonrisa.
 
Mi tía Luisa, la hermana mayor de mi padre, murió hace poco con 103 años. Mi tío Fabio, el hermano menor de mi madre y el último en morir, se fue recientemente con casi 100 tacos encima.
 
En todos ellos pensé ayer a las 10 am cuando el servicio de alertas informativas de mi móvil, lanzaba  la noticia del último informe de la ONU:
 
“Salvar la Tierra exige poner a dieta a los humanos”.
 
Y a partir de ese momento no se habla de otra cosa en la tele, la radio, la prensa escrita, a nivel de vecinos, amigos, y probablemente entre vacas y toros, gallinas y gallos, corderos y corderas, lechones y lechonas…
 
Miro atrás y creo que, hasta las crónicas sobre la primera circunnavegación de la historia, de la que hoy se cumplen 500 años, se quedan enanas al lado de esto.
 
De repente han aparecido expertos en nutrición y en medio ambiente de todas las edades y latitudes, desmenuzando calorías, carbohidratos y proteínas a tutiplén y, con igual énfasis, muchos profesionales que adelantan las importantes consecuencias económicas en sectores clave como la agricultura o la ganadería.
 
En síntesis, el cuadro que plantean es el siguiente:
 
La crisis climática no se puede erradicar solo con la reducción de los gases de efecto invernadero en industrias o transportes.
 
Hay que reordenar la gestión de los suelos del planeta porque su mala gestión puede ser ya el culpable del 37% del total de esas emisiones nocivas.
 
El cambio en los patrones de alimentación en los últimos años ha llevado a que en el mundo vivan 2.000 millones de personas con sobrepeso u obesidad que provocan, entre otras cosas, que un 70% del consumo mundial de agua dulce deba destinarse a la agricultura.
 
Sólo el desperdicio de alimentos genera el 8% de emisiones de efecto invernadero que produce el ser humano.
 
Es decir, que para salvar al mundo, hemos de cambiar nuestros hábitos alimentarios de palo pa´rumba y  consumir más verdura y carne asociada a bajas emisiones de CO2.
 
Pobre argumento.
 
Rejode que el poder mundial y la ONU, conscientes en detalles del cambio climático y de todas sus causas, nos culpen también a cada uno de los habitantes del mundo y que para ¿solucionar el tema? nos endosen una responsabilidad individual, pues aunque todo eso puede ser cierto en mayor o menor medida, solo están enfrentando la centésima parte del rollete.
 
Vale, que la centesima parte del rollete también es importante. No lo niego.
Pero el poder mundial, y la ONU, primero debían ocuparse de la erradicación del hambre en el planeta y priorizar a los millones de personas que, solo en África, están expuestas al hambre y a fenómenos meteorológicos extremos, sequías, desertificaciones y pérdidas de biodiversidad que suponen en sí mismos un riesgo enorme para la agricultura y la Humanidad.
 
Vaya esto por delante.
 
Y, de paso, el poder mundial, y la ONU, tenían que ocuparse ya de priorizar e impedir que las naciones poderosas puedan bloquear a países que no bailen al ritmo de su música.
Porque si vamos a poner orden… empecemos por casa, carajo.
El poder mundial, y la ONU, a quienes tienen que controlar es a la industria energética, de la que ellos mismos son dueños, y a los depredadores que deforestan el Amazonas para obtener biocombustible, tras lo cual también están ellos.
 
Más a cualquier otro sospechoso matrero de los muchos que existen, algunos con importantísimos cargos a nivel planetario, y exigirles responsabilidades por todas sus fechorías.
Pero eso no les conviene. Ni al poder, ni a la ONU.
Vale. Comer como se come en los países desarrollados, y en los que se van desarrollando, calienta el planeta. Vuelvo a decir, vale.
Y es hora de que cada uno adopte unos hábitos de consumo más frugales, racionales y sostenibles. También vale y no solo por cuestión de calentamiento climático sino de salud.
Pero que no nos mientan como si fuésemos estúpidos.
Porque el cambio climático es un hecho. Pero alrededor del mismo hay mucho mito. Lo que comemos No es el principal responsable del aumento medio de temperaturas en el planeta.
 
Lo  que sucede es que el poder económico y la ONU quieren convertir el calentamiento global en una nueva religión.
 
Y como toda religión lo primero que hace es acojonar a la gente.
 
Un abrazo a todos
 
Raúl Cordovés,
desde España, a 10 de agosto de 2019, sábado
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