LA NECESIDAD DE COMPRAR

 

Una tabla de precios en un mercado de La Habana.

 

Por Alberto Enrique
Con su sarcasmo habitual salía Fello a comprar productos alimenticios
y decía a los amigos: “Gasolina para luego”. Cuando le veíamos con las
manos vacías anteponía otra frase: “Problemas con el combustible”.
Estábamos acostumbrados a su carácter bromista, ocurrente, era jovial
pero no perdonaba si le engañaban ni quisieran pasarle tan siquiera
una por debajo de la manga, sacaba entonces una “chaqueta” con
cualquiera por esas razones. Ante el peso injusto en unas libras de
boniato sacó una disputa con el dependiente. El “bolao” sufrido por
Fello le produjo un infarto; ha mejorado pero sabe bien que por ahora
“la gasolina” la compran sus familiares y amigos del barrio.
Conozco muchas personas iguales a Fello que reciben una humillación
cuando se sienten estafados, burlados en el peso o la calidad de los
productos adquiridos, sea en el puesto, la bodega, la carnicería o al
comprar los panes; he visto discusiones y también reclamaciones por
causas similares con la parte administrativa.
El punto de partida de esta gran historia fue el trueque al inicio de
todas estas gestiones: yo te doy esto y tú a cambio me das aquello,
después llegó el dinero como mediador de pago hasta los días de hoy
perdura y comprar sigue siendo una necesidad tan remota que se pierde
en el tiempo. Aunque en esa acción de compra-venta hay infinidad de
tropiezos. Por tal razón el vecino que vive en el edificio colindante
comenta irónicamente: ¡Vamos a ver que dicen hoy los precios en la
“Bolsa de Comercio”!.
Por ejemplo, a los mercados de viandas y vegetales del país concurren
los artículos con una calidad única y sus precios son fijos, ya sean
productos de primera, segunda o simples rabujas,  y las mantienen así,
sin posibles rebajas; en el puesto o la placita, tampoco importa que
los frutos o las frutas envejezcan, están ajenos a depreciación alguna
y prefieren botarlos antes que disminuir el valor inicial.
En tanto, el pago se efectúa en correspondencia con el peso, pero solo
en dinero cerrado, es decir: cinco, diez pesos… es de sospechar que ya
la moneda fraccionaria en ese mundo comercial haya desaparecido, es
una práctica generalizada; sucede en cualquier lugar. Usted lleva
tanto volumen en el peso y debe más cuánto dinero. Una  perfecta
precisión, dicen algunos compradores; buena matemática comentan otros.
Creen vendedores que tales mañas están instauradas, así como así, y no
piensan en las familias de escasos ingresos,  aquellos que deben estar
contando los kilitos y son mirados con asombro si piden solo media
libra de esto o lo otro. Además,  en cualquier lugar uno oye con
inflexibilidad: “Usted lleva tanto y le corresponde pagar esa
cantidad, si no, lo deja”. ¡Tremendo trato!
Esas prácticas parecieran instauradas con carácter oficial, pero no,
existen  regulaciones. Entonces, más vale pensar ¿qué clase de gente
tenemos detrás de los mostradores?  ¿Cuánta eficiencia y sensibilidad
humana? ¡Ah! me acuerdo de ti, Fello, con tu batallar amparando lo
justo, haría falta no dejaras de multiplicarte en otros ciudadanos que
exijan por esos desacertados mostradores y tarimas.

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