MARTI NUESTRO, COMO UN FAMILIAR

 

 

 

Por. Alberto Enrique
Acompañé a los abuelos a desandar las calles y la plaza principal de
la villa. Allí  ellos se encontraban con amigos, gente llena de
cuentos y más cuentos. Muchas veces hablaban de acciones militares
pues habían participado en la guerra contra España en suelo cubano,
cuestión que entonces yo no entendía con suficiente claridad.
Tampoco tengo clara idea de cuándo ni dónde fuera la primera vez que
oí hablar de temas patrióticos. Parece que ocurrió demasiado temprano
allá en el seno paterno, donde era costumbre tratar sobre los gestores
de la nación de forma común, natural. Por mi casa desfilaban nombres
de patriotas nacionales como lo más natural del mundo.
Yo absorbía todo aquello como una esponja y penetraban en mi
existencia. En cierto momento la curiosidad y el interés se dieron la
mano y comenzó a motivarme el asunto: ¿cómo saber si el general, el
coronel, el capitán o el simple soldado con los que habían estado
aquellos viejitos fueran todos tan heroicos? Parecía increíble dentro
de mi poca capacidad poder asociarlos a tan tremendas hazañas.
“El suelo de la patria ha costado mucha sangre” le oí decir una y otra
vez a aquel hombre. ¿Abuelo, pero cómo es eso? pregunté y él
respondió: Quiere indicar que muchos ofrecieron sus vidas para que
ahora tú veas volar al viento esa bandera del triángulo rojo y la
estrella de plata, ninguna otra. Desde entonces comencé a pensar que
todos los niños y las niñas de Cuba debían saber mucho de estas
maravillas. Para que disfrutaran la gran suerte de tener esta patria
de todos.
Sin embargo,   el nombre de las calles de la villa parecía un capricho
de mi abuelo, me confundía siempre. Entonces yo insistía buscando
esclarecer las dudas pues para mí resultaba muy antiguo llamarlas por
nombres dados en tiempos coloniales. Además era verdaderamente
complicado fijar en la mente varias formas para un mismo fin.
Al reproche él contestaba como siempre, que todo ocurría por tener un
origen y se le habían grabado así desde que era joven y sonriendo con
jocosidad planteaba: “Eso te da la medida de cómo cuesta trabajo
quitarse lo viejo de encima, aunque haya personas apegadas aún”. Pero
la manera de llamar a las calles de manera antigua está fuera de moda,
yo le respondí y él abordó este tema con ejemplos.
Me contó que entre los cambios más impactantes ocurridos cuando España
concluyera su mandato en Remedios: se produjo la necesidad de eliminar
con inmediatez aquel ignominioso nombre de llamar a la plaza principal
con el nombre de la reina Isabel Segunda, por la gran carga de
deshonra que significaba y ser considerada anti popular; como un
relámpago las nuevas autoridades municipales dictaron una resolución
que la población asumió como suya; y ahí tienes, de inmediato devino
la plaza como Parque Martí para distinguir al más connotado, dolido y
admirado de los caídos durante la guerra.
Martí es símbolo de virtud, un hombre incomparable, quien merece el
respeto eterno de cada cubano. En los alrededores de éste, su parque,
y en su honor se han celebrado los desfiles escolares martianos todos
los 28 de enero, fecha de su nacimiento, y tú lo sabes porque siempre
participaste.
Volviendo a los nombres de las calles, añade, los cambios eran
necesarios y los cubanos de  aquellos días traían otros nombres
apareciendo así nuevos modos de reconocer a los mártires y a
personalidades que se distinguieron por sus aportes. Por ejemplo,
existía la calle San José y cambió su nombre por Máximo Gómez, para
reconocer a ese estratega de todos los tiempos.
Y en verdad, se fue Nazareno para dar paso a ese otro grande, Antonio
Maceo; la calle de la Amargura sirve en la actualidad para recordar a
Alejandro del Río pues en ella nació aquel remediano ilustre,
farmacéutico y líder del alzamiento del 69, primer mambí fusilado aquí
mismo por los españoles como castigo e intimidación a la ciudadanía.
La calle de La Mar, que fuera San Telmo, se transformó en Jesús
Crespo, para enaltecer a uno sus propios vecinos, héroe mambí, quien
en asalto intrépido y desigual venció al enemigo al colarse él solo en
el cercano fuerte de Tetuán en 1874; se destacó además en numerosas
acciones y se caracterizaba  por usar como arma de mano un tolete de
madera dura con el cual salía a combatir pues no había machete ni
espada que le aguantasen, se partían por la fortaleza de su brazo.
Esto de las calles fue una batalla contra la costumbre, ésa es la
causa de mis errores, según tú; pero fíjate, hay personas y familias
que todavía siguen a la antigua.  Y, las calles, algunos de sus
nombres podrán irse otra vez para darle validez a lo nuevo que ha
llegado, remarcaba con fuerza ¿No has pensado cómo convendría a cada
estudiante o joven saber bien a quienes pertenecen esos nombres que
andan por las esquinas o llaman el lugar donde viven? ¿por qué se
llaman así?
Mi abuelo llegó a plantearme haberse sentido un hombre privilegiado
pues en su largo recorrido por la vida -que en verdad ocurrió desde
1881 hasta 1967- había existido dentro del tremendo abanico
colonia-república-revolución. Recuerdo que su principal anhelo era
seguir viendo los cambios de los últimos tiempos pues estos sí eran de
gran valor: “para bien de todos”, precisaba recordando a José Martí,
su ídolo natural y predilecto, a quien defendía. Nunca perdía
oportunidad para mostrarme con pasión todas las vertientes de las
labores trazadas por el apóstol de la independencia. Me inculcaba que
era preciso ser fieles a sus ideas y considerarlo como un familiar
bien cercano.

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